El viernes 3 de
julio de 2003, Flemming Rose ha dado una conferencia en la fundación FAES que
dirige la diputada del Partido Popular Cayetana Álvarez de Toledo. ( Más
información aquí
)
Flemming Rose es
el editor del Jyllands-Posten, el periódico danés que publicó unas
caricatura de Mahoma que fueron utilizadas por terroristas islámicos como
justificación de varios atentados y causaron un fuerte debate internacional.
Flemming Rose ha
escrito después el libro "La tiranía del silencio", publicado por el CATO
INSTITUTE, un think tank norteamericano liberal / libertariano.
Reproduzco a
continuación la sipnosis del libro que publica CATO INSTITUTE en su página web,
aquí.
El humor es esencial para la libertad de
expresión
Es una mañana de 2009, y estoy parado en la
ducha en una habitación de hotel en Lyon. Se escuchan las gotas de lluvia caer
sobre la ventana; al final de una calle estrecha, justo puedo ver uno de los
dos ríos que fluyen a través de la ciudad.
En una hora, me esperan en el municipio para
participar en un conversatorio organizado por el periódico francés Libération
acerca de los retos a la libertad de expresión en Europa. He estado haciendo
mucho de esto durante los últimos años. Ayer, estuve en París. Antes de eso
esta semana, estuve involucrado en un álgido intercambio en una conferencia en
Berlín acerca de los musulmanes y el Islamismo en la prensa europea.
Conforme empecé a hablar, un miembro de la
audiencia se paró, se acercó al panel, y en una voz temblorosa con furia
demandó saber quién me había dado el derecho de hablarle a musulmanes como ella
acerca de la democracia. Luego se volcó hacia los organizadores, y furiosamente
preguntó que cómo podían ellos alguna vez considerar invitar a alguien como yo,
y luego salió del cuarto.
Adonde quiera que voy, parece que provoco
controversia. En las universidades estadounidenses, he sido recibido con
carteles y estudiantes protestando en contra de mi presencia. Cuando estaba
planificada una presentación mía en una universidad en Jerusalén, una
manifestación clamaba por que se cancele mi presentación.
Cuando hablé acerca de la libertad de
expresión en una conferencia de UNESCO en Doha en la primavera de 2009, la
prensa local me denominó como el “Satán Danés”, las autoridades fueron
inundadas de correos electrónicos furiosos y el Ministerio de Asuntos Internos
estableció una línea de emergencia para recibir las quejas de ciudadanos que se
oponían incluso a que se me permitiera ingresar al país.
En la primavera de 2006, fui invitado por la
Unión de Oxford para participar en una discusión acerca de la libertad de
expresión, la democracia, y el respeto por los sentimientos religiosos. Ese
cuerpo está acostumbrado a la controversia. No obstante, mi visita se convirtió
en lo que la prensa local dice que fue la mayor operación de seguridad que la
ciudad había tenido desde que Michael Jackson la visitó en 2001.
Cuando fui invitado a un foro de la
Asociación Mundial de Periódicos en Moscú hace algunos años, las autoridades
rusas cortésmente aunque firmemente implicaron que a ellos les gustaría que no
asistiera. No comprendí totalmente sus sutiles señales, entonces fui a Moscú
sin estar consciente de esto. Desde ese entonces, no he logrado obtener una visa,
aunque estoy casado con una rusa y viví en Moscú 12 años como corresponsal
cuando estaba gobernada por el régimen soviético. Durante esa época, aunque
claramente era anti-comunista y abiertamente socializaba con disidentes, las
visas nunca fueron un problema.
Puedo continuar citando incidentes
similares, pero, ¿cuál sería el propósito de eso? En esta mañana de otoño, la
película parece estar más clara. Me he vuelto una figura que muchos aman odiar.
Algunos quisieran verme muerto. Me he roto la cabeza tratando de entender por
qué. No soy por naturaleza una persona provocativa. No busco los conflictos por
su propia naturaleza, y no me agrada cuando la gente se ofende por las cosas
que he dicho o hecho.
Sin embargo, he sido denominado por muchos
como un agitador irresponsable que no le presta atención a las consecuencias de
sus acciones.
¿Cómo sucedió eso? Para el mundo, soy
conocido como el editor del periódico danés Jyllands-Posten. En septiembre de
2005, comisioné y publiqué una serie de caricaturas acerca del Islam, instigado
por mi percepción de auto-censura en la prensa europea. Una de esas
caricaturas, dibujada por el artista Kurt Westergaard, mostraba al profeta
musulmán Mahoma con una bomba envuelta en su turbante. Entre las otras
caricaturas que publicamos estaba otra que se burlaba del periódico e incluso
de mi mismo por comisionar dichas caricaturas, pero fue la imagen de
Westergaard la que cambiaría mi vida.
La Crisis de las Caricaturas, como se
conoció a este incidente, escaló hasta convertirse en un alboroto
internacional, conforme los musulmanes alrededor del mundo salieron a chorros
en protestas. Las embajadas danesas fueron atacadas y más de 200 muertes fueron
atribuidas a las protestas. Llegué a simbolizar uno de los asuntos característicos
de nuestra era: la tensión entre el respeto por la diversidad cultural y la
protección de las libertades democráticas. Mi libro es un intento de
reconciliar ese simbolismo público con mi historia personal.
¿Cómo es que la publicación de unas pocas
caricaturas provoca un alboroto tan extremo que, cinco años después, todavía
estoy lidiando con esto? Como sucede con la mayoría de los eventos
monumentales, parece que no hay una explicación sencilla. Algunos creen que mi
periódico, Jyllands-Posten, es el principal responsable del alboroto, mientras
que otros señalan a los imanes daneses que viajaron alrededor del Oriente Medio
para instigar la opinión de los musulmanes.
Algunos creen que el Primer Ministro danés
Anders Fogh Rasmussen es el villano principal porque no criticó las caricaturas
y se negó a discutirlas con los embajadores de los países musulmanes. Incluso
otros sienten que la Organización de la Conferencia Islámica jugó un papel
decisivo orquestando un conflicto para promover la visión bien específica que
sostiene ese cuerpo de los derechos humanos, que comprende un esfuerzo para
criminalizar las críticas del Islam en virtud de la vaga etiqueta
“Islamofobia”.
Muchos dicen que países como Egipto, Arabia
Saudita y Paquistán se aprovecharon de las caricaturas para distraer la
atención de sus problemas domésticos. Todavía otros ven el conflicto como parte
de una lucha más amplia entre el Islam y Occidente, explotado por los
musulmanes radicales para alentar a sus seguidores en el camino hacia una guerra
santa. Finalmente, hay otros que culpan la no-creencia secular de la mayoría de
los daneses por no lograr comprender las sensibilidades religiosas de los
musulmanes.
Aún cuando las caricaturas fueron concebidas
en un contexto danés y europeo, el debate es global. Concierne asuntos
fundamentales para cualquier tipo de sociedad: la libertad de expresión y de
religión, la tolerancia e intolerancia, la inmigración y la integración, el
Islam y Europa, las mayorías y las minorías y la globalización, para nombrar
tan solo unos cuantos temas.
¿Qué haces cuando de repente todo el mundo
está encima tuyo? ¿Cuándo un malentendido conduce a otro? ¿Cuándo lo que has
dicho y hecho tiene al mundo furioso e indignado? ¿Qué le dices a la gente que
pregunta cómo puedes dormir en la noche cuando cientos de personas han muerto
gracias a lo que tu has hecho?
¿Qué dices cuando eres acusado de ser
racista o fascista, y de querer iniciar la próxima guerra mundial?
Durante los últimos cinco años, he gastado
la mayor parte de mi energía tratando de abordar y comprender las críticas que
se han dirigido a mi periódico y a mi persona. Físicamente y mentalmente, esta
ha sido una aventura ardua: educativa, pero a veces abrumadora.
He conversado con personas de todo el
espectro político, con amigos y enemigos, creyentes y no creyentes de todos los
colores. Lo raro es que las líneas divisorias entre nosotros no coinciden con
los tipos de categorías políticas, religiosas, culturales, o geográficas que
uno podría esperar. No digo que la mayoría de los musulmanes han estado de mi
lado, pero algunos han respaldado la publicación de las caricaturas, mientras
que otros cristianos y ateos las han condenado firmemente. He reunido un
archivo enorme de comentarios y análisis de alrededor del mundo acerca de la
Crisis de las Caricaturas. Primero, quería documentar que yo tenía razón y que
otros estaban equivocados. Pero a lo largo del camino, me di cuenta de que yo
necesitaba mirar hacia adentro, para reflexionar acerca de mi propia historia y
mi pasado. ¿Por qué era este debate tan importante para mi? ¿Por qué me fue
posible casi desde el principio, y casi de manera instintiva, identificar el
asunto medular?
¿Por qué el principio abstracto de la
libertad de expresión resultaba más aparente para mi que para otras personas?
Es cierto que tengo opiniones firmes cuando
se tratan ciertos asuntos. Pero no soy una persona que adopta una posición
instantánea sobre casi cualquier cosa. Soy un escéptico por naturaleza.
Reflexiono a profundidad y me pierdo en distintos niveles de significados y en
los muchos lados de un asunto.
No veo esta característica como un defecto:
esta es la condición del hombre moderno y de hecho es la fortaleza esencial de
las democracias seculares, que están fundadas sobre la idea de que no hay un
monopolio de la verdad.
La duda es el germen de la curiosidad y de
los cuestionamientos críticos, y para poder dudar hay que tener una auto-estima
sólida, un coraje que deja espacio al debate. Por supuesto, la duda de ninguna
manera es siempre algo bueno. Cuestionar todo puedo conducir a un punto en el
que ya parecen no existir verdades y todo parece ser igual de bueno o malo.
En un mundo de tal relatividad, no hay una
diferencia fundamental entre un prisionero en un campo de concentración y el
régimen que lo encarcela, entre el perpetrador y la víctima, o entre aquellos
que los defienden y quienes suprimen su libertad.
Esa dimensión existencial de que la política
viene primero se volvió evidente para mi cuando viajé a la Unión Soviética como
estudiante en 1980. No tenía nociones previas ni firmes acerca del país; la
política era algo secundario durante mi juventud. Lo que me interesaba más eran
los retos más esotéricos de la filosofía, y estaba ansioso de aprender más
acerca de la cultura rusa. Mucho tiempo pasó antes de que empecé a derivar
conclusiones.
Conocí a mi esposa ese primer año en Moscú y
luego pasé una década allí como un corresponsal basado en Moscú. A lo largo de
los años, la gravedad de la vida gradualmente se volvió evidente para mi.
Creciendo en Dinamarca en los sesentas y
setentas durante una época de rebeliones juveniles, yo estaba naturalmente
empapado de la atmósfera de libertad y comunidad. En ese entonces me di cuenta
de que la libertad no se puede dar por sentada. La gente pagaba un alto precio
por expresar sus opiniones. Las palabras importaban mucho —involucraban
consecuencias. La gente tenía tanto miedo que la censura oficial era casi una
ocurrencia tardía. Allí reinaba una tiranía del silencio.
Todas las historias empiezan y terminan con
individuos, sus opciones y sus decisiones. Cuando entrevisté al autor Salman
Rushdie en 2009, él articuló el problema con el que yo había luchado durante la
Crisis de las Caricaturas.
Se me hizo difícil aceptar el hecho de que
otros estaban contando mi historia e interpretando mis motivos sin saber quién
era yo, o al menos eso sentía yo.
Cuando hablamos, Rushdie observó que desde
la niñez, utilizamos la narración de historias como una forma de definirnos y
comprendernos. Es un fenómeno que se deriva de un instinto del lenguaje, que es
universal e inherente en la naturaleza humana. Cualquier intento de restringir
ese impulso no es solo censura o una violación política de la libertad de
expresión; es un acto de violencia en contra de la naturaleza humana, un asalto
existencial que convierte a las personas en algo que no son.
En la sociedad abierta, la historia progresa
a través del intercambio de nuevas narrativas. Considere la esclavitud en
EE.UU., el nacional-socialismo en Alemania y el comunismo en el bloque oriental
de Europa, cada uno de ellos superado por cuestionamientos a la manera
tradicional de contar la historia.
En las sociedades cerradas, la narrativa es
dictada por el Estado y el individuo es reducido a un objeto silencioso y
pasivo. Las voces disidentes son castigadas y censuradas.
En una democracia, nadie puede decir que
tiene el derecho exclusivo a contar ciertas historias. Eso significa, para mi,
que los musulmanes tienen el derecho a contar bromas e historias críticas de
los judíos, mientras que los no creyentes pueden criticar al Islam de cualquier
forma que deseen hacerlo. Los blancos se pueden reír de los negros, y los
negros de los blancos.
Sostener que solo las minorías pueden contar
chistes acerca de sí mismos, o criticar otras minorías, es tanto groseramente
discriminatorio como tonto. Siguiendo este razonamiento, solo los Nazis podrían
criticar a los Nazis, dado que en la Europa actual ellos son una minoría
perseguida y marginalizada.
Hoy, una mayoría del mundo se opone a la
circuncisión de las mujeres, a los matrimonios forzados y a los rituales de
violencia en contra de las mujeres. ¿Deberíamos ser incapaces de criticar
culturas que todavía se adhieren a esas prácticas porque son minorías?
Mis experiencias han confirmado mi creencia
básica de que las personas tienen mucho más en común de lo que sea que las
divide.
Según algunos de los multiculturalistas
militantes de Europa, la respuesta es que si. Pero la gente en las democracias
no debería ser obligada a vivir dentro de cámaras de eco dentro de las cuales
los que piensan igual suelen únicamente reafirmar sus propias opiniones. Es
vital traspasar fronteras entre grupos de la sociedad a través del diálogo, y
es importante ser expuestos a las opiniones y creencias de otros. La gente que
habla entre sí, intercambia opiniones, y cuenta historias distintas cambiarán
mutuamente su forma de pensar.
Rushdie me contó que el conflicto sobre el derecho
de contar determinada historia estuvo en el centro de su propia controversia
sobre la libre expresión. Él dijo:
“La única respuesta que puedo dar desde mi
lado de la mesa es que todas las
personas tienen el derecho de contar su historia en la forma que deseen
contarla. Esto tiene que ver con el tipo de sociedad que queremos. Si usted desea vivir en una sociedad
abierta, resulta que la gente hablará acerca de las cosas de distintas maneras,
y algunos de ellos ofenderán a otros y provocarán furia. La respuesta a esta
cuestión es evidente: de acuerdo, no te gusta, pero hay muchas cosas que a mi
tampoco me gustan. Ese es el precio de vivir en una sociedad abierta. Desde el
momento que se empieza a hablar acerca de limitar y controlar ciertas
expresiones, se entra a un mundo en el que la libertad ya no reina, y desde ese
momento, estás solo discutiendo qué nivel de anti-libertad quieres aceptar. Ya
has aceptado el principio de no ser libre”.
Las palabras de Rushdie llegaron en el
momento oportuno para mi. Abrieron mis ojos y me ayudaron a definir mi propio
proyecto.
Tenemos el derecho a contar cualquier
historia que deseemos acerca de las caricaturas de Mahoma. Por lo tanto, el
libro que he escrito no intenta cubrir cada aspecto de lo que sucedió. Estoy
totalmente consciente de que otras versiones existen que no son menos ciertas
que la mía; en algunos casos, incluso puede que sean más completas.
Simplemente estoy recontando los eventos
como yo los experimenté y otras historias que considero relevantes para esa
experiencia.
Mi misión personal es crear coherencia y
significado de los eventos que han ocupado mucho espacio en mi propia vida y en
las vidas de muchos otros desde septiembre de 2005.
Así que el libro también es acerca de mis
propios valores, acerca de las cosas que son importantes para mi —los libros
que he leído, los países que he visitado. El libro trata de posicionar la
experiencia individual dentro de la perspectiva más amplia, de explorar la
relación entre mi historia y la Crisis de las Caricaturas como una serie de
eventos que se dieron alrededor del escenario global.
En el espacio entre la perspectiva más
amplia y la pequeña se encuentra la respuesta a mi conflicto —la imagen que
tengo de mi mismo como una persona a la que no le agradan los conflictos— en
contra de la visión más amplia y global que me percibe como un agitador
peligroso e irresponsable.
Así que considero las fuerzas históricas que
han formado mis actitudes, la historia europea y sus grandes debates acerca de
asuntos como la fe y la duda, el conocimiento y la ignorancia, que han formado
la misma noción de tolerancia.
Mis experiencias han confirmado mi creencia
básica de que la gente tiene mucho más en común de lo que se creería, sin
importar lo que sea que los divide. Las diferencias aparentes de cultura,
religión e historia son factores significativos, pero de ninguna manera son
constantes; estos cambian, así sea lentamente.
Considere a países como España, Grecia,
Portugal, Corea del Sur, Chile y Sudáfrica: hasta hace unas cuantas décadas,
unos regímenes autoritarios y opresivos los gobernaban; ahora, estas son
sociedades abiertas y constitucionales. Dichos ejemplos muestran que deberíamos
ser renuentes a descartar cualquier cultura como inherentemente incompatible
con la libertad y con la democracia.
La actual discusión acerca del Islam y los
musulmanes me recuerda del debate acerca del comunismo y los rusos soviéticos
durante la Guerra Fría. En ese entonces, muchas veces se decía que mientras que
en Occidente enfatizábamos la libertad y los derechos del ciudadano, en Europa
Oriental, más peso se le daba a los derechos sociales —el derecho a trabajar, a
una vivienda y a salud y educación gratuitas.
La diferencia se presentaba como algo
inherentemente cultural; de manera que una crítica del bloque soviético por
violaciones de derechos civiles era una expresión del imperialismo occidental.
Vi un sentimiento paralelo surgir frente a la Crisis de las Caricaturas: una
voluntad a comprometer lo que nosotros en Occidente consideramos derechos
fundamentales debido a unas supuestamente inextricables “diferencias
culturales”.
Mi impresión era que mis amigos y conocidos
en la Rusia Soviética querían ese tipo de libertad constitucional e igualdad
implicadas en la noción de los derechos humanos universales. Pero muchos
académicos en Occidente aceptaron la premisa de que los rusos eran
fundamentalmente distintos a la gente en Occidente; por lo tanto, en cuanto a cómo
ese gobierno trataba a su gente, el régimen soviético no podía ser juzgado
según los estándares occidentales.
Esa noción explica por qué fueron totalmente
incapaces de prever el colapso del régimen luego de una revuelta popular: para
justificar su premisa dudosa, aquellos académicos se vieron obligados a
marginalizar al movimiento soviético a favor de los derechos humanos y a otros
grupos disidentes. Ellos decían que dichos grupos solo eran manipulados por
Occidente como parte de una maniobra política a escala global.
Exactamente lo mismo se dice ahora acerca de
los activistas de derechos humanos y críticos del Islam en el mundo musulmán.
Es cierto que unas verdaderas incompatibilidades y disparidades de cultura
entre el mundo musulmán y Europa se volvieron evidentes durante el conflicto.
La verdad, sin embargo, es que esto no se
sabrá realmente mientras que a la población se le continúe prohibiendo hablar
libremente y sin miedo a represalias. Existen fuerzas librepensadoras en el
mundo musulmán, clamando por el libre ejercicio de la religión y por la
libertad de expresión. Eso fue confirmado durante las rebeliones a lo largo del
mundo árabe en 2011.
Mientras que la Crisis de las Caricaturas se
desenvolvía, varios editores de periódicos y revistas fueron arrestados, y sus
oficinas fueron cerradas porque habían publicado las caricaturas —porque,
aunque las pudiesen haber considerado de mal gusto, creían que sus lectores
debían tener la oportunidad de formarse sus propios criterios acerca de las
ahora infames caricaturas.
Una de esas personas, Jihad Momani, el
editor principal del semanario jordano Shihan, escribió lo siguiente en
referencia un ataque terrorista en tres hoteles en Amman en noviembre de 2005:
“Musulmanes del mundo, sean sensatos...¿Qué es más perjudicial para el Islam?
Estas caricaturas, las imágenes de un secuestrador cortándole la garganta a su
víctima en frente de una cámara, o un terrorista suicida reventándose así mismo
en un matrimonio en Amman?”
Noto, también, que una considerable porción
de la población iraní rechazó una interpretación musulmana de “derechos
constitucionales” presentada ante las elecciones de 2009, y muchos iraníes en
Occidente respaldaron activamente a Jyllands-Posten durante la Crisis de la
Caricatura. Ellos sabían por experiencia lo que estaba en juego si la censura
de la sátira religiosa y de la crítica era aceptada.
La Crisis de las Caricaturas provee una
mirada hacia el tipo de mundo que nos espera en siglo 21. Fue una crisis acerca
de cómo co-existir en un mundo en el que los viejos límites se han derrumbado.
Hoy, las sociedades en todas partes se están volviendo más multiétnicas,
multiculturales, y multi-religiosas. Y por primera vez en la historia, una
mayoría de la población del mundo ahora habita áreas urbanas.
Cada vez más, vivimos junto a personas que
son distintas a nosotros. El riesgo de ofender a alguien, de decir o hacer algo
que excede los límites de alguien, cada vez está aumentando. Además, los
avances en las tecnologías de comunicación han significado que eventos incluso
en las regiones más remotas del mundo ya no son percibidos como algo distante.
Toda noción de contexto desaparece. Todo lo que aparece en Internet aparece en
todas partes. Para el humor y la sátira en particular, la pérdida de contexto
abre la puerta a una serie de potenciales malos entendidos y fuentes de
ofensas.
Así fue que en 2006 las autoridades iraníes
exigieron una disculpa por un dibujo satírico del periódico alemán Der
Tagesspiegel,que mostraba a los jugadores iraníes de fútbol con bombas
amarradas y siendo observados por soldados alemanes. El texto que acompañaba la
caricatura decía “Las fuerzas armadas alemanas definitivamente deberían ser
desplegadas durante la Copa Mundial”.
La broma tenía como objetivo de la burla a los
políticos alemanes que querían patrullar el torneo que se estaba dando en
Alemania. Pero el liderazgo religioso de Irán vio las cosas de otra forma.
Cócteles Molotov fueron lanzados a la embajada alemana en Teherán, mientras que
el artista responsable por el trabajo fue obligado a esconderse debido a
amenazas de muerte.
Otro periódico alemán una vez imprimió una
caricatura burlándose de las partes privadas del heredero al trono japonés
—algo impensable en Japón, donde la familia real es casi religiosamente
venerada.
Los comediantes muchas veces están
profundamente conscientes de la delgada línea entre la provocación peligrosa y
la perjudicial. Durante un show de televisión en vivo en 2006, el comediante
noruego Otto Jespersen prendió en fuego el Testamento Antiguo en el pueblo de
Ålesund, una bastión importante de la religión cristiana. Después, cuando se le
pidió que haga lo mismo con una copia del Corán, Jespersen no aceptó hacerlo,
bromeando que preferiría vivir más allá de una semana.
Parecería que la cristiandad estaba siendo
tratada de manera preferencial. ¿O era acaso el Islam? En cualquier caso, el
primer ministro noruego guardó silencio frente a la quema pública del libro
sagrado de la cristiandad —lo cual me parece bien, pero entonces, ¿por qué le
pareció tan necesario condenar a un pequeño periódico noruego cuando este
reprodujo las caricaturas de Mahoma?
Creo que se la respuesta a eso. Pero en
septiembre de 2005 ciertamente no la conocía, y esta es una de las razones por
las que Jyllands-Posten y yo decidimos llamar la atención al asunto de la
auto-censura en el debate público acerca del Islam.
Si creemos en la igualdad, parece que hay
dos respuestas disponibles a las amenazas en contra de la libertad de
expresión. Una opción es, básicamente, “Si aceptas mis tabúes, yo aceptaré los
tuyos”. Si un grupo quiere protección en contra del insulto, entonces todos los
grupos deberían ser protegidos.
Si negar el Holocausto o los crímenes del
comunismo está prohibido por ley, entonces publicar caricaturas mostrando al
profeta musulmán también debería estar prohibido. Pero esa opción puede salirse
de las manos: antes de que nos demos cuenta, difícilmente se podrá decir algo.
La segunda opción es decir que en una democracia, no hay “el derecho a no
ser ofendido”. Como todos somos diferentes, el reto entonces es formular
límites mínimos a la libertad de expresión que nos permitan co-existir en paz.
Una sociedad que comprende muchas culturas diferentes debería tener más
libertad de expresión que una que es significativamente más homogénea.
Esa premisa parece evidente para mi, aún así
la convicción opuesta es ampliamente compartida, y ahí es donde la tiranía del
silencio se encuentra. En estos momentos, la tendencia en Europa frente a la
creciente diversidad es limitar la libertad de expresión, mientras que EE.UU.
sostiene una larga tradición que se dirige en la dirección contraria.
Luego del colapso del Bloque Oriental del
Europa, muchos países europeos han prohibido la negación del Holocausto, por
ejemplo, y parece que EE.UU. estará cada vez más solo con su tradición de
respetar una libertad de expresión casi absoluta respecto de esta cuestión.
Mi opinión personal es que los
estadounidenses tienen la razón. La libertad y la tolerancia son, para mi, dos
lados de la misma moneda, y ambas están bajo presión. Como señalé
anteriormente, el mundo está atravesando un cambio rápido. Nunca ha sido más
fácil ser ofendido, o incluso más popular: muchos han desarrollado
sensibilidades tan exquisitas que se han vuelto excesivas.
Uno casi se siente tentado a pedirle a los
Estados de Bienestar de Europa que gasten algo de dinero, no en la
“capacitación de sensibilidad” —aprender qué es lo que no se debe decir— sino
en capacitación para ser menos sensible: para aprender a tolerar. Es que si la
libertad y la tolerancia han de tener una oportunidad de sobrevivir en el mundo
nuevo, todos necesitamos desarrollar una piel más gruesa.
Algunos regímenes, incluyendo a Rusia,
China, algunas ex repúblicas soviéticas y varios gobiernos musulmanes, claman
en las Naciones Unidas y otros foros internacionales por leyes que prohíban el
discurso ofensivo. De manera perversa, aunque tales leyes muchas veces son
propuestas en nombre de las minorías, en la práctica, son utilizadas para
silenciar a críticos y perseguir minorías.
Desafortunadamente, tales peticiones son
escuchadas en la comunidad internacional. Sus proponentes están preparados para
sacrificar la diversidad en la expresión en nombre de respetar la diversidad de
cultura, una contradicción que ellos claramente no logran percibir.
Ellos sienten que lograrán más armonía
social manteniendo un balance delicado entre la tolerancia y la libertad de
expresión —como si las dos fuesen opuestos.
Pero la tolerancia y la libertad de
expresión se fortalecen así mismas. La libertad de expresión tiene sentido
únicamente en una sociedad que ejerce un alto grado de tolerancia con quienes
no está de acuerdo. Históricamente, la tolerancia y la libertad de expresión se
han necesitado mutuamente en lugar de estar en conflicto. En una democracia
liberal, las dos deben estar estrechamente enlazadas.
Mi libro comprende nueve capítulos
adicionales. Tres de ellos consisten en gran medida de entrevistas con
individuos que de una u otra forma han estado cerca de la Crisis de las
Caricaturas, y quienes explicaron algunos de sus aspectos más importantes. La
primera persona entrevistada es una mujer española cuyo esposo fue asesinado en
un ataque terrorista en Madrid en marzo de 2004, y quien después apareció en el
juicio de los perpetradores con una camiseta de la caricatura de Kurt
Westergaard de Mahoma con una bomba en su turbante.
Después, hablo con Westergaard acerca de su
niñez, su pasado, y su trabajo, todo esto en el contexto de la historia de
Dinamarca con la libertad de expresión y la censura. Incluyo una entrevista que
realicé en un centro de detención al sur de Copenhague con Karim Sørensen,un
joven tunecino que en febrero de 2008 fue detenido por la policía danesa bajo
la sospecha de planificar el asesinato de Kurt Westergaard. Como musulmanes,
Karim Sørensen y dos de sus asociados se sintieron ofendidos por la
representación que había hecho Westergaard del Profeta.
Yo entrelazo mi propia versión de la Crisis
de las Caricaturas y de los eventos antes y después de la publicación de las
caricaturas en septiembre de 2005 con la historia de algunos límites que han
sido impuestos sobre la libertad de expresión. Observo los esfuerzos realizados
hoy para re-establecer los denominados códigos de violación: la legislación de
blasfemia, las leyes en contra de la incitación al odio o a la discriminación o
que criminalizan la negación o trivialización del genocidio o de determinados
eventos históricos.
Considero mis encuentros con los disidentes
rusos en la Unión Soviética. En mi opinión, la historia de la disidencia rusa
es altamente relevante para la Crisis de las Caricaturas —aún cuando la Unión
Soviética ya no existe, y la Guerra Fría se acabó hace mucho— porque siento que
refleja el surgimiento de nuevas comunidades disidentes dentro del Islam. En el
libro también están incluidas entrevistas que realicé a Ayaan Hirsi Ali en
Nueva York, a Afshin Ellian en Leiden y a Maryam Namazie en Colonia y en
Londres.
Lo que esos críticos dicen de ninguna manera
es algo nuevo: de muchas maneras, no hay nada nuevo que agregar a la discusión
acerca de la libertad y los derechos humanos. No obstante, sus historias son
inmensamente importantes para Europa y para Occidente en general, mostrando que
el deseo de libertad de ninguna manera es exclusivo a Occidente, y que los
individuos en otras culturas se corren el enorme riesgo de defender los valores
“occidentales” de la libertad y la tolerancia.
En el último capítulo del libro, examino la
lucha global por los derechos humanos universales. Cuento la historia del
herético Michael Servetus, quien fue quemado en la estaca en Génova en 1553,
desatando el primer gran debate en Europa acerca de la cuestión de la
tolerancia religiosa. Es un debate que yo pensé que se había ganado, luego del
colapso del Muro de Berlín y del imperio comunista. No me percaté de que el
llamado que hizo Ayatollah Khomeini a los musulmanes del mundo para que mataran
a Salman Rushdie por algo que él escribió en una novela era otro punto de
quiebre importante en la historia.
Hoy, parece evidente que el incidente de
Rushdie fue la primera colisión en un conflicto global que parece que marcará
las relaciones internacionales del siglo 21. En ninguna parte están la libertad
y la tolerancia tan enraizadas como en Occidente. Eso pretendo demostrar en el
último capítulo del libro con historias de Afganistán, Paquistán, Egipto, Rusia
e India, en las que delineo cómo individuos y grupos de individuos sufren
violaciones a su derecho de libertad de expresión y de pensamiento.
Gente con buenas intenciones en Occidente
dicen que las democracias pueden y deberían sacrificar algo de libertad de
expresión en nombre de la armonía social: esas historias puede que los
conduzcan a repensar su postura. Las medidas probablemente diseñadas para
proteger símbolos religiosos, doctrinas, y ritos para prevenir la
discriminación pueden conducir a una persecución horrible del derecho a hablar
libremente.
Esa es una de las principales razones por
las que continúo defendiendo nuestro derecho de publicar las caricaturas de
Mahoma. Si yo renuncio a ese derecho, también he aceptado indirectamente el
derecho de los regímenes autoritarios y de los movimientos totalitarios de
limitar la libertad de expresión en virtud del argumento de la violación de la
religión y de los sentimientos religiosos.
Eso me parece inaceptable.