jueves, 6 de septiembre de 2018

MEDALLA CONCEDIDA A LOS PARTICIPANTES EN EL PRONUNCIAMIENTO DE TARIFA EN 1824



NOTA: La cinta de la condecoración tiene los mismos colores y colocados por el mismo orden, que los de la bandera y las escarapelas de los "Coloraos" de Almería.


CIRCULAR DEL MINISTERIO DE LA GUERRA

«Al Brigadier de infantería D. Francisco Valdés digo con fecha de hoy lo siguiente :
He dado cuenta al Regente del Reino de la esposicion de V.S. de 31 de Mayo último, en la que, manifestando la singular prueba de valor y decision que dieron el corto número de españoles que bajo sus órdenes se apoderaron de la plaza de Tarifa el dia 3 de Agosto de 1824, y la defendieron obstinadamente por espacio de diez y siete dias, resistiendo cinco ataques generales de 5,000 hombres que la sitiaban, solícita que á los que asi se distinguieron se conceda un distintivo particular en recompensa de tan señalado hecho.
S.A. se ha enterado, y accediendo á los justos deseos de V. S., ha tenido á bien resolver que todos los valientes que desembarcaron en la plaza de Tarifa, y los que despues de tomada esta plaza se asociaron á tan arriesgada y gloriosa empresa, usen de la condecoracion que V. S. propone con esta fecha, la cual aprueba S.A., debiendo los que la obtengan arreglarse en un todo al modelo presentado.
Lo que de órden de S.A. el Regente del Reino traslado á V. para su inteligencia y efectos correspondientes. Dios guarde á V. muchos años. Madrid 18 de Junio de 1841.=San Miguel»

domingo, 2 de septiembre de 2018

«DE EN MEDIO DEL TIEMPO. LA SEGUNDA RESTAURACIÓN ESPAÑOLA. 1823-1834» - JOSEP FONTANA



LUIS RIBOT
"El Cultural" 5/10/2006
https://www.elcultural.com/revista/letras/De-en-medio-del-tiempo-La-segunda-restauracion-espanola-1823-1834/18772


Luis Ribot: catedrático de Historia Moderna desde 1987, ha sido profesor durante más de treinta años en la Universidad de Valladolid. En 2005 se incorporó a la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Posee el Premio Nacional de Historia de España, 2003, por su libro: La Monarquía de España y la guerra de Mesina (1674-1678), Madrid, Actas, 2002. Es académico de número de la Real Academia de la Historia desde el 17 de octubre de 2010.


El sorprendente título del libro procede del manifiesto de Fernando VII del 4 de mayo de 1814, por el que anulaba la Constitución de Cádiz y todos los decretos de las Cortes. Comenzaba entonces la primera restauración española, interrumpida por el Trienio liberal entre 1820 y 1823. La expedición de los “Cien Mil Hijos de San Luis” pondría fin a tan breve paréntesis y daría pie a la segunda restauración, que habría de abarcar la década final del reinado de Fernando VII.


Josep Fontana es uno de los más prestigiosos historiadores españoles y el más significativo de la historiografía marxista. Sus numerosos trabajos se han dedicado preferentemente a dos campos: los planteamientos teóricos e historiográficos, y los estudios sobre el periodo de la crisis del Antiguo Régimen español, que abarca “grosso modo” la primera mitad del XIX. A esta segunda cuestión ha dedicado varios libros imprescindibles, a los que se une el recién publicado, un estudio esencialmente político, frente a los planteamientos económicos, sociales y hacendísticos predominantes en los anteriores.

Avalado por su gran conocimiento del periodo, visible en la profusa utilización de fuentes, el autor estudia aquellos años, aunque sin ceder a la tentación de explicarlos desde la “excepción española”. La reacción absolutista frente a la revolución francesa fue un fenómeno europeo. La Santa Alianza, concebida frente al liberalismo y la revolución, llevó a regímenes similares, aunque algunos, como la Francia de Luis XVIII, buscaran un cierto compromiso con el liberalismo que no se dio en la España de Fernando VII. Fontana analiza el discurso de los acontecimientos de aquellos años, desde la expedición francesa a la muerte de Fernando VII y los orígenes de la guerra carlista. El eje central del libro está constituido por las pugnas políticas entre los apostólicos o ultras y los absolutistas moderados -que daría origen al carlismo-, la feroz represión de cualquier sospecha de liberalismo y las intentonas fallidas tanto de los liberales exiliados como de los exaltados realistas; su telón de fondo: la debilidad del Estado, la crisis de la hacienda y la incapacidad de los políticos. Atento al marco internacional, el libro sigue un orden cronológico, dentro del tiempo corto que, como señala el autor, si bien no permite estudiar adecuadamente los problemas de evolución lenta y largo alcance, es apto para la historia política.

Estamos ante un libro de obligada lectura para los interesados en la difícil transición de España desde el absolutismo al estado liberal. Una obra bien escrita, cuya lectura engancha, algo no siempre fácil de conseguir por un historiador. El autor trata de analizar no sólo los caminos que se siguieron del pasado al presente, sino también las rutas que llevaban “por el corredor que no tomamos hacia la puerta que no abrimos”. Tras señalar la permanente resistencia de la España Contemporánea a los cambios necesarios para resolver los principales problemas, Fontana critica también el mito europeo de la “revolución burguesa”, identificada con las fuerzas del progreso y la racionalidad, que esconde el carácter esencialmente conservador y contrarrevolucionario de su proyecto, en el contexto de la herencia de 1789. 

jueves, 30 de agosto de 2018

DISCURSO DE D. FERNANDO MARTÍNEZ LÓPEZ – 24 DE AGOSTO DE 2017


Excmo. Sr. Alcalde, señores concejales y concejalas del Excmo. Ayuntamiento de Almería, dignísimas autoridades, ciudadanos y ciudadanas,
Es para mí un honor volver a esta tribuna municipal para participar en el ritual del Homenaje a los Mártires de la Libertad. Una larga tradición liberal progresista que ha surcado la vida política y social durante gran parte de la historia contemporánea almeriense.
Muchas gracias alcalde y muchas gracias portavoces de los grupos políticos de nuestro Ayuntamiento por invitarme a ocupar esta tribuna en un día tan señalado para nuestra ciudad.
Hoy, en este salón de plenos del Excelentísimo Ayuntamiento de Almería, cuando se cumplen 193 años del fusilamiento de un grupo de liberales que dieron su vida por la Libertad y la Constitución, quiero que mis primeras palabras sean para expresar la más absoluta y rotunda condena por el cruel y cobarde atentado terrorista que hace una semana llenó de horror y espanto a la ciudad de Barcelona y a la villa de Cambrils. Desde esta tribuna traslado a las víctimas, a sus familiares y amigos, toda nuestra solidaridad y afecto y los deseos de una pronta recuperación de los heridos. Un apoyo que hago extensivo a todo el pueblo catalán y español que se han visto sacudidos y conmocionados por esta acción inhumana y cruel de los terroristas. La unidad de las fuerzas políticas y sociales de nuestro país frente al terrorismo hace más visible que nunca la fortaleza de nuestra democracia y de nuestros valores, y ningún acto terrorista va a poder alterarlos. El ejemplo y el recuerdo de aquel puñado de liberales que vino a la ciudad de Almería en 1824 para intentar restablecer el régimen constitucional y asentar en España una sociedad basada en la libertad, la igualdad y la fraternidad nos dan alas para seguir afianzando nuestros valores democráticos y nos invitan a defenderlos frente a la barbarie terrorista y cualquier intento de ataque a la libertad.
En 1974, en los últimos momentos de la dictadura franquista, un grupo de personas amantes de la democracia y de las tradiciones liberales almerienses, encabezados por el abogado Juan Pérez Pérez y el periodista José Miguel Naveros, me hablaron de “los coloraos” y me invitaron un día como hoy a hacer un recorrido en silencio desde el Teatro Cervantes hasta la plaza Vieja. Pronto observé que el mismo recorrido lo hacían algunas personas mayores. Habíamos hecho lo que ellos llamaban “la procesión del silencio” en recuerdo de la manifestación que en los años 30, en plena II República, recorría las calles de Almería hasta llegar al centro de la plaza de la Constitución en donde se levantaba un monumento que albergaba los restos de “los coloraos” y había sido demolido con motivo de la primera visita del general Franco a Almería tras la Guerra Civil. Querían conservar viva la tradición liberal que el franquismo había condenado al olvido. Aquellos días nos comprometimos en luchar por restablecer la tradición que durante el siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX se había convertido en una de las señas de identidad de la Almería contemporánea.
Confieso que desconocía aquella historia. El olvido había tenido su efecto sobre mí y sobre las generaciones que nacimos en aquellos años. La curiosidad de historiador me llevó a rastrear el archivo municipal, la prensa local, los papeles secretos de Fernando VII en el Palacio de Oriente, con el fin de reconstruir y divulgar el relato de esta historia condenada al silencio.
Entonces descubrí que la tradición arrancaba en 1841 cuando el pleno del Ayuntamiento Constitucional de Almería acordó inmortalizar la gesta y la memoria de los "Mártires de la Libertad" con actos cívicos-religiosos todos los 24 de agosto e indicaba explícitamente que se realizaran anualmente hasta la eternidad.
Si aquel Ayuntamiento constitucional de 1841 acordaba que se inmortalizara la gesta y la memoria, sigamos sus pasos. Recordaré en primer lugar la heroicidad de aquellos liberales que hace 193 años fueron fusilados en Almería e inmortalizados popularmente con el nombre de “Los coloraos” por la casaca encarnada de la marina inglesa que vestían al desembarcar en nuestras playas. Después hablaré de la Memoria.
La gesta de “los coloraos” es la historia de un fracaso. No lograron sus objetivos y sobre ellos cayó la más dura represión de la tiranía de Fernando VII. Sin embargo, sobre su sangre germinó años más tarde una sociedad liberal que luchó por conquistar y mantener derechos y libertades.
El intento de proclamar la libertad y restablecer la Constitución de 1812 en Almería se inserta en el entramado de conspiraciones, Tarifa, Granada o Málaga, que los exiliados en Gibraltar prepararon contra el despotismo de Fernando VII, tras haber sido repuesto en el trono absoluto en 1823 por el ejército francés de los “Cien mil hijos de San Luís".
¿Quiénes eran los coloraos?
Fueron el primer grupo de liberales que inició planes revolucionarios desde el exilio para restaurar la libertad en España, arrebatada por el despotismo. Dirigidos por Pablo Iglesias, ex regidor del Ayuntamiento de Madrid, promovieron una sociedad la Santa Hermandad, de adscripción comunera, con el fin de encuadrar a los partidarios de impulsar sin dilación la revolución en España. La comunería estuvo vinculada a lo que se llamó el liberalismo exaltado, grupo que constituye el antecedente directo del progresismo y de la democracia española. Tenían una visión de la historia de España que les entroncaba con los Comuneros de Castilla (Padilla, Bravo y Maldonado), la defensa de la autonomía y la libertad de sus pueblos y ciudades frente a la opresión de Carlos I. Se denominaban “los hijos de Padilla”. Durante el Trienio Liberal defendieron un liberalismo democrático, popular, que pretendía convertir al pueblo español en sujeto político y exigían el cumplimiento estricto de la Constitución proclamada en Cádiz en 1812. En ello se diferenciaban de los doceañistas a quienes no les importaba modificar y rebajar la Constitución con tal de pastelear con Fernando VII, que la había acatado en 1820 pero que no paraba de conspirar con las Cortes Europeas para que le devolvieran en el trono absoluto, como ocurrió en 1823 con la entrada en España de los “Cien mil hijos de San Luis”.
No es de extrañar que fueran precisamente los partidarios del liberalismo democrático los que, una vez en el exilio, fueran los primeros y más interesados en devolver a España un régimen constitucional e impulsaran planes revolucionarios desde la colonia inglesa que había acogido a una parte significativa del exilio liberal español.
¿Por qué deciden que Almería fuera uno de los lugares de arranque de la revolución?
Sin lugar a dudas por el apoyo que habían encontrado en el liberalismo almeriense y también por la facilidad de intercambio de los documentos y consignas de la conspiración con los liberales de Alme­ría a través de los contrabandistas. Los documentos que se intercambiaron estuvieron encabezados por un sello cuya leyenda decía: "Primera división del ejército de la libertad. 1824. Libertad o muerte". Los liberales almerienses vinculados a la conspiración pertenecían a la ciudad de Almería y a los pueblos de la Taha de Marchena. Entre ellos destacaron Joaquín de Vilches, animador de la Tertulia Patriótica durante el Trie­nio Liberal, Joaquín Navas, Gaspar Estevan, Francisco Guerrero Padilla, Francisco Mayola y el padre de Nicolás Salmerón.
La Represión. El secreto de la conspiración no fue sigilosamente guardado y los realistas se enteraron de ella. Se registraron viviendas, hubo encarcelamientos y se reforzaron las defensas de la ciudad para resistir el ataque de los liberales. La expedición, integrada por 49 hombres y dirigida por Pablo Iglesias, llegó frente a las costas de Almería a primeras horas del día 14 de agosto de 1824 trasportados por el bergantín Federico y una escampavía. Rompió fuego según lo convenido, pero al no producirse movimientos en el interior de la plaza, decidieron desembarcar en la boca del río Andarax, a pocos kilómetros de la ciudad, donde se les unieron algunos almerienses. Los ataques al grito de "¡Viva Riego!" y "¡Viva la libertad!" fueron rechazados por los realistas en las murallas de Almería. Aquellos liberales, muchos de ellos reclutados en los pueblos cercanos a la ciudad, no lograron entrar en la plaza tras varios intentos. Pablo Iglesias dio la orden de retirada. Una parte importante de los expedicionarios fueron hechos prisioneros. Pablo Iglesias huyó escondiéndose de cortijo en cortijo y fue capturado en Cúllar-­Baza.
El intento liberal de Tarifa unos días antes había sido aprovechado por los realistas para clamar por el exterminio de los liberales. El ministro de Gracia y Justicia, Calomarde, dictó una real orden disponiendo “que cualquier revolucionario que fuese aprehendido con las armas en la mano fuese inmediatamente entregado a una comisión militar para que breve y sumariamente juzgase y ejecutase lo juzgado, dando después cuenta de lo que hubiese hecho”. Las comisiones militares, con sus rápidas sentencias, enviaron a la horca o al fusilamiento a muchos constitucionales, dándole a reacción fernandina todo su tinte sanguinario
La comisión militar de Almería juzgó a los prisioneros y ordenó fusilar a 22 de ellos en la mañana del 24 de agosto de 1824. Sus nombres sonaron muchas veces en el salón de plenos de este Ayuntamiento: Juan Luch, teniente coronel, ayudante de campo del general Riego, natural de Málaga; Bernardino Bustamante, oficial retirado de 44 años, natural de Baldemuro; José de Rojas, de 21 años, natural de Jimena; José Gandía, barbero en Gibraltar, de 31 años y natural de Albox (Almería); Luis de Rute, capitán del regimiento de la Corona, gaditano; Ramón Manzano, sargento primero de Milicias, de 35 años y natural de Caniles (Baza); Car­los Massoff, seudónimo del general francés Cugnet de Montarlot; Francisco Paules, capi­tán del ejército, 22 años, natural de Leyna; Tomás Reís, natural de Dublín, de 19 años,; Benigno Morales, editor del periódico madrileño El Zurriago, de 31 años; Carlos Hoyos y Miel, capitán del regimiento de Málaga, natural de Santander, de 37 años; Guillermo Uuty (Gusty), de 18 años, oficial del Gobierno de Gibraltar, natural de Dublín; Miguel Giménez, natural de Tebar, de 23 años y de oficio cordonero de guitarra; Evaristo Fernández, de 18 años, albañil y natural de Algeciras; Ángel Garay, de 35 años; Nicolás Gonzá­lez, de 22 años y capitán del ejército; Juan González, de 20 años y teniente del ejército; José López, de 18 años; Francisco González, de 28 años; Juan Pérez Balverde, de 23 años; y Jorge Navarrete, de 33 años.
Las ejecuciones continuaron en agosto y septiembre hasta llegar al número de 26: José Pas­cual, Juan Bautista Puchi (Peti), José Rodríguez y Francisco Joaquín Javier Bustamante. Sus cuerpos fueron enterrados en el cementerio contiguo a la Iglesia de San Juan. Pablo Iglesias fue juzgado en Madrid y condenado a morir en el patíbulo un año después, el 25 de agosto de 1825. Pa­blo Iglesias terminó su alocución antes de ser ahorcado “con el grito santo” de “libertad o muerte". Los que se libraron de la muerte sufrieron la persecución, la cárcel y el exilio. Los realistas destacados en la represión fueron premiados por su actuación. De su seno saldría años más tarde la plana mayor del carlismo almeriense.
Aquí termino con la gesta y doy paso a la Memoria.
Tuvieron que pasar 14 años para que su memoria fuese honrada en Almería. Eran los momentos de consolidación del liberalismo y el recuerdo de estos héroes románticos sirvió para asentar los mitos y los símbolos del nuevo régimen constitucional. Correspondió a Joaquín de Vilches, jefe político de Almería en 1837 y liberal comprometido en la conspiración de los coloraos, ordenar la exhumación y enterrarlos con toda dignidad en un cenotafio construido en las cercanías del cementerio de Belén, conocido popularmente como "el pingurucho de los coloraos" por la pirámide de quince varas de alto que se erigía sobre el monumento. En el centro del cenotafio se leía la siguiente octava:
Yacen aquí los ínclitos varones
Que por la patria y libertad murieron
Víctimas inocentes con traiciones
En poder de los déspotas cayeron;
Y feroces y barbaros montones
De sangrientos cadáveres hicieron.
¡!!Doloroso espectáculo¡¡¡ su historia
Publicará esta fúnebre memoria.
Por aquellos mismos años se puso en Granada la primera piedra del monumento a Mariana Pineda, la Heroína y mártir de la Libertad, y se erige un pedestal en el centro de la plaza que lleva su nombre. También por aquellas fechas, en 1842, se levantó en Málaga, en el centro de la plaza de la Merced, en monumento al general Torrijos y a sus 47 compañeros fusilados en las playas malagueñas en 1831 y en donde una cripta recoge los restos de todos ellos. “Los coloraos” en Almería, Mariana Pineda en Granada y el general Torrijos y sus compañeros en Málaga son los principales símbolos de la Libertad frente al absolutismo que se erigieron en la España del siglo XIX y en todos ellos sus respectivos ayuntamientos acordaron celebrar anualmente actos en su memoria.
Esta memoria, hecha piedra, ha pervivido en el tiempo en estas ciudades andaluzas y su presencia ha sido capaz de influir sobre el inconsciente de la población de manera sutil y persistente. Como bien señala la filósofa Agnes Heller la memoria cultural está conformada por objetivaciones que proveen significados de una manera concentrada, significados compartidos por grupos de personas que los dan por asumidos. Pueden ser textos, señales, símbolos y alegorías, pero también monumentos.
Los acuerdos plenarios, como el de Almería en 1841, de mantener viva la memoria de aquellos liberales también enlazan con el mito y la tradición judeo-cristiana de los Mártires que dio origen a grandes paradigmas ideológicos occidentales de la edad contemporánea. No hay que olvidar que el martirio está en el origen de la religión cristiana, que todos los días recuerda en su ritual litúrgico a un Jesús que derramó su sangre para redimir al pueblo de Dios. Siguiendo esta tradición, el mito del martirio, como idea originaria, fue recogido por los liberales cuando denominaron Mártires a sus luchadores por la Libertad, sobre cuya sangre derramada germinaría una sociedad de derechos y libertades frente a la tiranía. Nadie mejor que los que habían dado su vida por la libertad podían representar los valores y las virtudes cívicas que preconizaba la nueva sociedad. Un mito fundacional que, por citar algunos más, lo encontramos ritualizado más tarde en las ideologías del movimiento obrero cuando deciden celebrar los primeros de mayo como día reivindicativo en recuerdo de los Mártires de Chicago, o el movimiento feminista que celebra el 8 de marzo como día internacional de las mujeres tomando como referencia el martirio de 140 mujeres calcinadas en 1908 en una fábrica textil de Nueva York.
Los liberales progresistas almerienses de 1841 tenían clara la función movilizadora y esclarecedora que debían tener los 24 de agosto en el proceso de configuración de la identidad liberal de la ciudad y de la provincia. Para ello impulsaron políticas de memoria que iban desde la construcción del cenotafio hasta las celebraciones anuales de las efemérides que servían para afianzar entre la ciudadanía a los referentes de la nueva sociedad y las nuevas ideas del liberalismo.
De esta manera, a lo largo del siglo XIX, el programa de las conmemoraciones recogía una procesión cívico-religiosa con la participación de las instituciones civiles, militares, religiosas y el pueblo en general que terminaba ante el cenotafio donde estaban depositados los restos de «los coloraos». La Milicia Nacional y la Guardia Civil rendían honores y desfilaban ante el cenotafio, se leían poemas, se decían misas y el acto se clausuraba con la alocución del alcalde de Almería, que recordaba a los héroes liberales y hacía un llamamiento al público asistente a seguir su ejemplo. No faltó algún año en que el alcalde se quedó sin palabras y para salir del apuro dijo “Música maestro” para dar paso a los himnos liberales.
Pero las políticas de memoria también tienen su propia historia, reflejo, sin duda, de los procesos que se han vivido en la España Contemporánea a la hora de asentar una sociedad liberal-democrática. A lo largo del siglo XIX no siempre se celebraron los aniversarios. Los moderados los acallaban o tan solo los despachaban con unas misas en el cenotafio; sin embargo, el liberalismo progresista le dio el máximo realce en los momentos que estuvieron al frente del poder hasta el punto de hacer totalmente suya la tradición.
A los progresistas se sumaron con entusiasmo los primeros demócratas almerienses encabezados por profesores del Instituto de Segunda Enseñanza, comerciantes y artesanos. No es de extrañar que cuando llegó por primera vez la democracia a España con la Gloriosa revolución septembrina de 1868, que por cierto en Almería presidió Ramón Orozco el hombre más rico de la provincia, una de las primeras decisiones de nuestro Ayuntamiento, integrado por concejales progresistas, unionistas y demócratas, fuera erigir un nuevo monumento a los Mártires de la Libertad y levantarlo en el centro de la ciudad. El mausoleo-cenotafio del cementerio de Belén se había deteriorado, estaba muy alejado de la centralidad urbana y el liberalismo democrático almeriense quería que las virtudes cívicas y los valores democráticos que representaban aquellos hombres estuvieran inmersos en la vida cotidiana de los almerienses. Era común a las ciudades modernas europeas ubicar los referentes iconográficos y simbólicos de sus tradiciones en los espacios centrales. A nadie se le ocurría alejarlos del centro de las ciudades salvo que fuera para condenarlos al olvido. Por ello el primer ayuntamiento democrático almeriense impulsó una suscripción popular logrando que el nuevo monumento se sufragara con la aportación voluntaria del pueblo "libre" de Almería, y se inauguró el 27 de diciembre de 1870 en pleno corazón de la ciudad, la Plaza de Cádiz, actual Puerta de Purchena.
Hoy sabemos que la memoria social y cultural que conforman la identidad de cada ciudad también se expresa a través de edificios, imágenes, rituales como depositarios del recuerdo. La memoria colectiva de una ciudad está representada, en parte, por los lugares y los monumentos que la conforman y las ideas que los sustentan.
Sin embargo, los primeros años de la Restauración canovista no fueron propicios para los aniversarios. El canovismo almeriense intentó terminar con ellos, pero los liberales de Sagasta con el alcalde Juan Lirola a la cabeza y la Juventud Democrática los impulsaron y les dieron la máxima solemnidad especialmente en 1889, con motivo del primer centenario de la Revolución Francesa, celebrando un gran acto en la Puerta de Purchena en el que la banda municipal hizo sonar el Himno de Riego, el Himno de Garibaldi y la Marsellesa entendida como el himno liberal por excelencia y no como el himno oficial de la vecina nación francesa. Se puede afirmar que la celebración del 24 de agosto había terminado por imponerse y ya formaba parte de las efemérides ciudadanas de fínales del siglo XIX. Se había producido la fusión del mito fundacional con el ritual. Y unidos ambos desempeñaron funciones decisivas en la configuración de la identidad liberal de Almería.
Las necesidades urbanísticas y de tráfico aconsejaron a la Corporación Municipal en 1899 a desplazar el monumento y ubicarlo en un nuevo espacio de centralidad, la plaza de la Libertad, actual plaza de la Constitución. Allí quedó instalado hasta ser desmantelado por las autoridades franquistas en 1943. El nuevo siglo, el siglo de las masas, retocó el programa de los aniversarios. A lo largo de las primeras décadas del siglo XX las conmemoraciones pierden el carácter religioso y adquieren mayor significado cívico. Si durante el siglo XIX los impulsores de los aniversarios fueron los liberales, los demócratas y los republicanos, a principios del siglo XX se les sumaron las sociedades obreras de Almería y la Agrupación Socialista. Las procesiones cívico-religiosas son sustituidas por manifestaciones y ganan vistosidad cuando acuden las sociedades obreras con sus estandartes y afiliados. Los años que las manifestaciones no cuentan con el apoyo de las socieda­des obreras y de los grupos republicanos quedaban deslucidas por la falta de asisten­cia de público.
Como se pueden imaginar, la II República, que constituyó la segunda etapa democrática de la Historia de España, dio la máxima solemnidad a los aniversarios, so­bre todo, en sus tres primeros años cuando personalidades de la vida política e intelectuales republicanos impartían sus conferencias en un teatro Cervantes abarrotado de gente. Conferencias alusivas a la libertad y a los valores y virtudes republicanas, tras las cuales se producía el recorrido oficial hasta el Monumento de los Coloraos. Pasado liberal democrático y presente republicano se combinaron en el calendario oficial de los republicanos almerienses cuando situaron el 14 de abril y el 24 de agosto como las dos fechas más representativas de sus celebraciones.
Sin embargo, durante los años de la dictadura de Franco, los aniversarios a los Mártires de la Libertad desaparecen y el silencio cae sobre ellos. Se intenta borrar la memoria, y la larga tradición liberal progresista es condenada al olvido. En la política monumental del franquismo en Almería no cabían monolitos dedicados a los Mártires de la Libertad. Un oficio enviado al alcalde de Almería el 6 de marzo de 1943 por el delegado de Falange Española Tradicionalista y de la JONS del distrito 5 es esclarecedor al respecto:
“El deber falangista nos impone comunicar a V.S. el siguiente caso: Se trata del monumento que en honor de los mártires de la libertad tiene erigido en una de las principales plazas de esta Ciudad, cual es la plaza Vieja.
Como quiera que no debemos ver en ese cenotafio la estética del mismo, sino que es un recuerdo de unas personas que lucharon con las armas en la mano en contra de nuestras sagradas tradiciones, obedeciendo a consignas masónicas extranjeras, por lo tanto, en nombre de los camaradas que componen este distrito, ruego a V.S. se sirva dar las órdenes precisas para que desaparezca dicho monumento que desdice de una ciudad que está bajo el signo del Yugo y las Flechas. Por Dios, por España y su Revolución Nacional Sindicalista”1.
Desconozco si fue por este oficio o porque el alcalde Vicente Navarro Gay temió mantener un monumento dedicado a la Libertad frente al balcón principal del Ayuntamiento, o por las dos cosas a la vez, lo cierto es que con motivo de la primera visita del general Franco a Almería en 1943, el alcalde ordenó el desmantelamiento del monumento a "los coloraos". El exceso de celo de las autoridades franquistas almerienses no fue secundado por las autoridades granadinas ni malagueñas que mantuvieron los monumentos a Mariana Pineda y al general Torrijos en sus respectivas plazas frente a los avatares liberticidas que se vivían en esos momentos en España. Los restos de “los coloraos” se trasladaron al cementerio y las piedras del monumento se esparcieron por la plaza de Pavía con la idea de levantarlo en aquel emplazamiento, lo que nunca se produjo. Las piedras serían utilizadas más tarde para bordillos de calles y arreglos de la zona portuaria.
El silencio y el olvido recayeron sobre aquella gesta y sobre su memoria, hasta que los que nos comprometimos en 1974, impulsamos los primeros aniversarios una vez llegada la democracia. Tuve el honor de divulgar desde la Universidad y los medios de comunicación esta tradición que constituye una de las señas de identidad más genuinas de la Almería Contemporánea y de participar en las primeras y humildes celebraciones junto a Juan Pérez Pérez y José Miguel Naveros que promovió el Ayuntamiento democrático presidido por Santiago Martínez Cabrejas. Faltaba recuperar el monumento. Y ello se llevó a cabo en la Corporación municipal de 1987, donde tuve la responsabilidad de la concejalía de Cultura y a su vez la tarea de promover la construcción del monumento a “los coloraos”. Lo hicimos como en el año 1868. Una comisión ciudadana, presidida por José Tesoro y el profesor Pedro Tirado, recabó la aportación voluntaria del pueblo de Almería, y el 24 de agosto de 1988 volvía a brillar con mármol blanco de Macael, en la plaza de la Constitución, en el mismo lugar que estuvo emplazado durante el primer cuarto del siglo XX, una reproducción exacta del monumento a los Mártires de la Libertad. El nuevo ritual volvió a reproducir la tradición decimonónica y los himnos liberales volvieron a sonar en la plaza de la Constitución tras largos años de silencio, conmocionando a centenares de almerienses, muchos de ellos, los más mayores, con lágrimas en los ojos al escuchar de la banda municipal los acordes de la Marsellesa y el Himno de Riego.
Cuando hicimos la investigación hace ya años, creíamos que los restos de aquellos liberales habían desaparecido o habían sido trasladados al osario común. Las nuevas investigaciones apuntan que se encuentran en uno de los nichos del cementerio municipal. La tradición liberal de Almería y Málaga los ubicó históricamente en los mausoleos. Ubicarlos de nuevo en su lugar de origen, cerraría definitivamente los años de silencio y de olvido.
Pensar la memoria es adentrarse en un mundo complejo donde se interrelacionan vivencias, emociones y representaciones múltiples, fruto de un proceso en el que sobrevive aquello que tiene un significado especial para quienes lo asumen como recuerdo. De ahí la estrecha asociación de la memoria con los lugares, lugares de memoria, pues, al igual que el tiempo, éstos contienen acontecimientos, construyen recuerdos y guardan las experiencias de toda una ciudad.
Y hasta aquí la memoria.
Concluyo, todos los demócratas almerienses podemos estar orgullosos de que nuestra Muy noble, muy leal y decidida por la libertad ciudad de Almería, siguiendo la senda que marcó el liberalismo democrático, dedique uno de sus días más señalados a hablar de derechos, de virtudes cívicas, de libertades de la ciudadanía ya alertar de los peligros que en cada momento pueden acechar a la libertad. Hombres como “los coloraos” y heroínas como Mariana Pineda son un ejemplo de altruismo, ofrecieron su vida por unos ideales, por la búsqueda de una sociedad mejor, por la búsqueda de la felicidad que proclamaba la Constitución de 1812. Todo ello lo condensaban en el gran paradigma de la Libertad. Por ello no es de extrañar que Benigno Morales, editor del periódico madrileño El Zurriago, antes de ser ajusticiado en Almería proclamara: “Hombres y mujeres de España, si queréis libertad, seguid mis huellas”.
¡!!! Almerienses, Viva la Libertad¡¡¡¡
Almería, 24 de agosto de 2017
Fernando Martínez López

miércoles, 29 de agosto de 2018

DISCURSO DE D. ANDRÉS GARCÍA LORCA - 24 AGOSTO 2018






Excmo. Ayuntamiento Pleno, Sr. Alcalde presidente. Excelentísimas e ilustrísimas autoridades civiles y militares. Señoras y señores.
Agradezco la decisión de este Excelentísimo Ayuntamiento Pleno de honrarme con el privilegio de ser pregonero en el centésimo nonagésimo cuarto, aniversario de la muerte del grupo de patriotas popularmente conocidos como los “coloraos”, por defender el modelo de estado constitucional de 1812 frente al absolutismo imperante del monarca Fernando VII.
Es para mí una gran responsabilidad dirigirme a ustedes, para glosar la realidad de un hecho histórico tan cargado de significación política e ideológica, pero me siento amparado por mi vocación de docente e investigador que siempre ha tratado de buscar con honestidad el conocimiento de la verdad y su trasmisión a la sociedad desde la más absoluta libertad.

Unas breves notas sobre el contexto histórico y socioeconómico del momento nos facilitan la compresión de lo ocurrido. La situación de Almería en los días de los hechos era la de un territorio caracterizado por el aislamiento con respecto al conjunto de la Península, una economía poco desarrollada y sometida a un modelo colonial, que determinaba una indigencia económica que alcanzaba tanto a los ciudadanos como a las propias instituciones públicas; valga como ejemplo el hospital de la Magdalena, que no siempre podía dar de comer a los enfermos acogidos y tenía que recurrir a la caridad particular o alguna corrida de toros para ello y no siempre con éxito. Esta indigencia y parvedad de recursos hacían que los responsables políticos, como los de la Junta de Beneficencia de 1823, presidida por el recién nombrado alcalde de la ciudad D. Rafael de Medina, Marques de Torre Alta, adoptasen acuerdos de lo mas pintoresco o surrealista, como ocurrió con los niños expósitos, que, al no poder costear amas de leche, adquirieron unas cabras para su lactancia, alcanzando como resultado la muerte de los acogidos a los pocos días. Trágica anécdota que nos da idea de la situación.
Las demandas sociales relativas a las infraestructuras se centraban en la construcción de un puerto, el encauzamiento del Andarax, y en la mejora y desarrollo de los caminos; mientras que las preocupaciones inmediatas de las personas se centraban, en superar los efectos de los riesgos naturales propios de nuestro espacio geográfico, sequías, inundaciones y terremotos, pues del ocurrido en 1804 todavía se guardaba recuerdo.
En lo político, la abolición del trienio liberal y la intervención de los 100.000 hijos de San Luís generó ciertos disturbios en la población al no entender, el pueblo llano, la entrada del ejército francés en España, al cual habían expulsado no sin serios esfuerzos y sacrificios unos años antes, en tanto que para los más ilustrados, suponía el abolir con ello la Constitución de Cádiz y la vuelta al absolutismo mas denostado. 

En este contexto surge la intentona revolucionaria de conquistar Almería para la causa liberal y constituir una punta de lanza, que haga posible un control territorial y de recursos que acabe con el modelo de poder impuesto en España.

El conocimiento anticipado que tenían las autoridades realistas almerienses, de una posible expedición desde Gibraltar hacia la ciudad, ya era una realidad desde un año antes, por ello, conforme los rumores y la información interceptada se hacía más inminente, se adoptaron medidas represivas que permitieran abortar el intento como así ocurrió.

A la expedición se apuntaron personajes variopintos, había ardientes patriotas, aventureros extranjeros y contrabandistas; tanto de Almería, como el famoso “Chato” como los usuales de Gibraltar que frecuentaban la costa almeriense. El resultado es bien conocido; unos lograron escapar como los contrabandistas y algún patriota, otros fueron hechos prisioneros y de ellos, tras el sumario a que fueron sometidos, unos serían ajusticiados, otros castigados a “carrera de baquetas” y un número indeterminado serían absueltos.

En 1837, se exhumaron los cadáveres y se le hicieron exequias solemnes en la Catedral con toques de campanas desde las vísperas. En 1841, se solemniza el aniversario con desfile de autoridades religiosas, civiles y militares ante el cenotafio y se celebraran misas “de profundis” en varios altares portátiles a cargo del cabildo municipal y un acto solemne en la Catedral. El ayuntamiento hizo voto perpetuo de celebración de oficios religiosos y civiles en memoria de los que ofrecieron su vida por la libertad.

Y esto es en síntesis lo que celebramos en el acto de hoy, pero sin misas “de profundis” ni acto solemne en la Catedral. Estos cambios lo fueron como los ocurridos con el cenotafio, y posterior monumento, del que desaparecieron unos símbolos y aparecieron otros al mor de los avatares políticos e ideológicos, muchos de los cuales no corresponden con el sentido real del hecho, ni del sentir de la mayoría de sus protagonistas.

Es por lo que hoy pretenda, más que un análisis de los hechos y circunstancias que los motivaron, sea buscar y comentar el sentido reivindicativo de las ideas y símbolos que determinaron este episodio histórico a la luz del conocimiento, análisis de los textos y de los símbolos. Ciertamente que ha habido interpretaciones de esta realidad, pero también es cierto que ha sucedido, como ya señalara Hayek con las mentiras nobles de Platón o los mitos de Sorel, “que se basan en las opiniones particulares acerca de los hechos y que se elaboran después como teorías científicas para justificar una opinión preconcebida”. Ciertamente que en unos casos obedecen a un marcado interés ideológico ajeno a la realidad de los hechos, pero en otros son claros ejemplos de “errores intelectuales” como diría Schumpeter.( Popper, es una receta para “la teoría colectivista, totalitaria, de la moralidad” por cuanto permite el engaño masivo de los ciudadanos individuales como el medio de asegurar el bien de “el estado” Sorel: El mito como instrumento de transformación social)

Lo que ha constituido la realidad indiscutible y que nos ha llegado hasta hoy es el intento de conquistar un territorio, donde iniciar un nuevo orden institucional y político de ideología liberal, basado en la Constitución de 1812; para lo cual era necesario acabar con el rey felón y referente del absolutismo despótico, Fernando VII, e instaurar un modelo de estado conforme al fundamento constitucional, que no era otro que la monarquía pactada o constitucional, con separación de poderes; que dicho sea de paso, tenía como referente el modelo tradicional de la monarquía hispánica. Pero lo realmente importante en la ideología liberal que mueve a estos ardientes patriotas, era la necesidad de lograr un modelo político basado en la libertad individual, que tiene su origen en el derecho natural, y se expresa en el pacto social, que en las monarquías sería entre el monarca y los súbditos. No olvidemos que en la teoría del derecho natural, expuesta ya por Vitoria S XV/XVI, éste se considera moralmente superior al poder del estado. No es una reivindicación la de los “coloraos” sobre el modelo de estado, monarquía o república; sino que es de defensa y afirmación del modelo de estado constitucional de 1812, la monarquía “moderada”, basada en el pacto social.

Las ideas liberales que promovieron las grandes revoluciones del S, XVIII, como la independencia de los Estados Unidos o la Revolución Francesa, tienen su origen en España como así se ha reconocido por autores del pensamiento económico y político como Rothbart, Hayek, Grice Huchinson, Menger o Bruno Leoni. Esto autores señalan que fueron expuestas, por los jesuitas y dominicos escolástico de la universidad de Salamanca en el SXVI, entre los que destacó el Padre Mariana. Este autor editó una obra de amplio impacto en el pensamiento europeo, “De rege et regis institutione”en la que defiende la teoría del tiranicidio, según la cual, cualquier ciudadano particular puede asesinar justamente a un rey que se convierta en tirano, indicando que esto ocurre cuando el monarca grava con impuestos a sus ciudadanos sin el consentimiento de estos, cuando les expropia injustamente su propiedad, cuando impide que se reúna un parlamento o asamblea y si utiliza una policía secreta para reprimir las libertades. No es casualidad que uno de los padres de la independencia de los Estados Unidos Thomas Jefferson, cuando sus compañeros dudaban si levantarse o no contra el rey de Inglaterra, el los animaba recomendando que leyesen al Padre Mariana para entender la lucha del hombre por la libertad y contra la tiranía.

La brillante historiadora de la Revolución Francesa Florence Gauthier, catedrática de la Universidad de París VII, reconoce que la teoría política de Juan de Mariana generó un vínculo entre los pensadores de la R.F. desarrollando la idea del tiranicidio y el derecho a la resistencia y opresión; así como, junto a la Escuela de Salamanca, elaborando una versión moderna del derecho natural. Ahora bien, es tan fuerte este vínculo entre el Padre Mariana y la Revolución Francesa, que esta autora significa cómo el símbolo de la “Libertad”, expresado magistralmente en el cuadro de Delacroix “La Libertad guiando al pueblo”, recibió el nombre de Marianne y es el símbolo de la Revolución Francesa, precisamente en referencia al Padre Mariana. 

Curiosamente, en una obra muy aludida en los estudios sobre este episodio, “Don Pablo Iglesias mártir de las libertades patrias” publicadas por Martínez de Velasco en 1852, señala “aquella atrevida lección de santo Tomás de Aquino y del P. Mariana: Si el príncipe abusa tiránicamente de la potestad real y rompe el pacto…puede el pueblo refrenar su autoridad, disolver el gobierno y crear otro de nuevo”. Y ese y no otro es el fundamento ideológico del intento de Almería.

Es claro que toda la teoría liberal hunde sus raíces en la tradición filosófica cristiana, como corresponde al modelo cultural europeo y ello constituye una constante que justifica la acción política. Pero en el caso de España, la finalidad política queda muy explícita como lo señala Irene Castell en su obra “La utopía insurreccional del liberalismo “publicado por Crítica en 1989; en ella, significa, que en todos los documentos analizados se advierten unos fines comunes que paso a enunciar: luchar por un régimen constitucional, manifiesto odio a los borbones buscando lograr el cambio dinástico, y un profundo sentimiento anti francés. Las razones son evidentes y están justificadas por el devenir de los hechos históricos, como es la acción revolucionaria que hoy conmemoramos.

La lucha por el sistema constitucional expuesto en la Constitución de 1812, es todo un símbolo del modelo ideológico de los “mártires de la libertad”, toda vez que la misma, es el nexo de unión con las leyes tradicionales de la monarquía española; expresa el modelo confesional de la Nación, fundamentado en la religión Católica y define la fórmula política del estado, monarquía moderada, basada en el pacto social y con separación de poderes. No olvidemos que un rasgo básico que define la identidad de un grupo es la religión pues es un elemento cohesionador.

El rechazo a los borbones es consecuencia del modelo de monarquía francesa basada en el absolutismo, contrario al modelo de monarquía tradicional hispánica, menos absolutista y más pactista; a lo que hay que añadir la indecente conducta del monarca Fernando VII. Pero lo que resulta meridianamente claro en todos los textos, es una clara afirmación monárquica de los liberales españoles.

El sentimiento anti francés, era la consecuencia directa de los enfrentamientos patrióticos con motivo de la guerra de la independencia y reactivados por la intervención francesa que acaba con el trienio liberal, en la que los protagonistas de este período histórico tuvieron una sacrificada y heroica vivencia. 
Este esquema ideológico político, no solo queda probado como el motor que mueve a la acción, pero es que la acción misma, utiliza una fórmula original en España como es promover la subversión a través del “pronunciamiento”, que no es imponer una autoridad militar, sino que buscaba despertar a la sociedad y reconquistar el aparato estatal para que, como en este caso, reimplantar la Constitución de 1812.

De otra parte están los símbolos, que son formas de expresión de un concepto o conjunto de ideas por medio de una realidad, que se puede identificar, por una bandera, un himno o una liturgia conmemorativa. En el caso de los “coloraos”, es cierto que el color rojo de las casacas, propias del ejercito inglés, quedaba atenuado por el cuello verde símbolo de los liberales. La bandera tricolor morada amarilla y verde, que no es la de la 2ª República y que algunos han pretendido identificar con ideas republicanas, era la enarbolada en este hecho. Significando siempre el color morado, una alteración del carmesí, de la bandera comunera y que simboliza la identificación de este movimiento patriótico liberal con el movimiento comunero, color de referencia y sobre el que bordará Mariana Pineda el triángulo verde.
Explicar y entender la relación de los liberales y los comuneros es fácil, no olvidemos que esta sublevación castellana de 1520/22, es en primer lugar un movimiento anti fiscal, contra la presión tributaria de Carlos I y sus consejeros, que no es aceptada por los representantes de las ciudades. Pero en su desarrollo, este movimiento, busca establecer las libertades y derechos ciudadanos, el pacto con el monarca, así como promover una Hacienda Pública que posibilite la inversión de los recursos del reino en el progreso del mismo; tal y como se reconoce en la “Ley Perpetua de Castilla” de 1521 conocida como “La constitución de Ávila” y promovida por la Junta de Procuradores de las Comunidades de Castilla; documento, que puede considerarse como un precedente del constitucionalismo español, aunque nunca fue sancionado. Es pues el movimiento comunero un referente cierto del liberalismo español y como tal asume la defensa del derecho natural defendida por los escolásticos salmantinos.
Otro de los grandes símbolos del liberalismo español y que fue ensalzado y cantado por los mártires de la libertad fue el “Himno de Riego”, cuya letra elaborada por Evaristo Sanmiguel, vuelve a evocar la tradición española, el derecho a la libertad y la teoría del tiranicidio, como se observan en algunas estrofas. No es pues un himno ni republicano ni antimonárquico, es el himno de exaltación al caudillaje de Riego de los liberales españoles, y que posteriormente sería apropiado por otros esquemas ideológicos, en muchos casos opuestos al pensamiento e ideario liberal. 
No ocurre lo mismo con otro himno como es la Marsellesa, que fue interpretado por primera vez en la conmemoración del aniversario de 1889, que era la efeméride de la Revolución francesa y año de la Exposición Universal de París. Es un himno rechazado por los liberales de 1824, toda vez que ellos sufrieron y lucharon contra los franceses en la Guerra de la Independencia. Pero como ocurrió con otras cosas se introduce en la ceremonia conmemorativa, por movimientos ideológicos, en algunos casos, contrarios al espíritu de los mártires de 1824. No olvidemos que en esos momentos Francia estaba de moda, la Tercera República era envidiada por muchos y con ella se desarrolló el espíritu de laicidad anticlerical, es por ello que se alteraran los símbolos y las formas de celebración de la conmemoración, llegándose a presentar a los mártires de la libertad como los referentes del nuevo orden político e institucional que algunos sectores intentaban imponer. No podemos olvidar la confusión mental o el pretexto de la izquierda revolucionaria, al identificar laicismo con anticlericalismo y anticatolicismo.
Es muy significativa toda la simbología que envuelve esta historia y que también se manifesta en la evolución del monumento que se construye en su conmemoración y al que se le despoja de aquellos símbolos que configuran la esencia de lo permanente de los que fueron alevosamente ajusticiados. Tal es el caso de los símbolos cristianos con los que se identificaron los revolucionarios liberales en muchas ocasiones y de una forma especial ante la muerte. No es que fuera una paradoja, era asumir una identificación con las creencias que daban sentido a sus vidas y a su proyecto revolucionario. Es por ello que no resulte extraño, que en la instrucción de la causa, declarasen su pertenencia confesional a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana; o como Pablo Iglesias, líder de la expedición, que en la última carta que envía a su mujer, manifiesta su sentido religioso con una gran pureza y dignidad. De hecho, según hace constar, Fray Vicente García, responsable de la parroquia del Sagrario y que tenia a su cargo el cementerio de la ermita de San Juan, al levantarlas actas del hecho hace constar que todos los fusilados recibieron los Santos Sacramentos antes de morir. Es por ello, que la Iglesia católica como institución, defendiese siempre su memoria y estableciera sufragios por sus almas.

Esta dimensión trascendente de los mártires de la libertad fue claramente entendida en el inicio de la institucionalización del hecho histórico por parte del Ayuntamiento de Almería y las autoridades eclesiásticas almerienses, de ahí el carácter cívico-religioso de su conmemoración y de la construcción del monumento.
Recuperar la conmemoración de la muerte de unos patriotas por la defensa de la Constitución de 1812, es un acto de justicia histórica y un momento para la afirmación del espíritu liberal que motivó este hecho, el cual se desarrolla en un contexto histórico concreto y en unas circunstancias por todos conocidas. Extrapolar su sentido original, para justificar, protagonizar o liderar modelos o ideas políticas ajenas a la verdad de los hechos o al modelo ideológico que motivo el desarrollo de estos sucesos, es cuanto menos impostura, por no decir una falsedad histórica.
Quisiera señalar, que la filosofía política liberal, tiene como base a la persona como individuo, no a la colectividad. Por ello, como señala Ortega, el Poder público, ejérzalo un autócrata o el pueblo, no puede ser absoluto, sino que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del Estado. Y esta fue la razón última que justificó la revolución y muerte de unos patriotas, que buscaron en el intento de Almería extender por España, la revolución liberal que posibilitara la implantación y desarrollo de este modelo político que se expresaba en la Constitución de 1812.
Termino con el lema que acuñó Pablo Iglesias de “Libertad o Muerte” y que hoy sigue vigente para señalarnos, que no tiene sentido una vida si ésta no se desarrolla dentro del marco de respeto a las libertades de la persona por parte del Estado, ya que éstas son moralmente superiores al mismo Estado, tal y como muchos ciudadanos hoy lo refrendan, como ocurre en Nicaragua o Venezuela por citar dos referentes próximos. Vulnerar este espíritu en aras a la colectividad, es traicionar la razón de la victoria que alcanzaron con su muerte los mártires de la libertad.
Muchas gracias
Andrés García Lorca
24 de agosto de 2018


martes, 28 de julio de 2015

ACCIONES AFIRMATIVAS Y DISCRIMINACIONES PRIMERAS. Y de justos por pecadores.


Juan Antonio García Amado


http://garciamado.blogspot.com.es/2015/07/acciones-afirmativas-y-discriminaciones.html

Las llamadas acciones afirmativas (también denominadas a veces acciones positivas o discriminaciones inversas) son medidas regulativas que introducen una diferencia de trato legal con el fin de reducir una desigualdad material o social entre grupos.

La gran mayoría de las definiciones dan vueltas a esas ideas centrales y se diferencian en que incorporen más o menos supuestos dentro del concepto. Así, para James P. Sterba la acción afirmativa es “a policy of favoring qualified women and minority candidates over qualified men or nonminority candidates with the immediate goals of outreach, remedying discrimination, or achieving diversity and the ultimate goals of attaining a color-blind (racially just) and a gender-free (sexually just) society” (James P. Sterba, “Defending Affirmative Action, Defending Preferences”, Journal of Social Philosophy, 34, 2003, p. 285).

Los elementos definitorios son los siguientes:
- En una norma se asigna un trato más favorable a un grupo social o sector de la población. Ese grupo recibe así una ventaja y, por contraste, los demás grupos al efecto concurrentes no son tratados en igualdad, sino que quedan en una posición de desventaja comparativa.
- Dichas medidas normativas se justifican como medio para solucionar o aminorar una situación de desventaja o discriminación social del grupo legalmente favorecido.
- La tensión, por tanto, se produce entre dos principios constitucionales, el de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y el de igualdad social o material entre los ciudadanos.

Los ejemplos son sobradamente conocidos. Si en un Estado hay un grupo racial que, por razones culturales, de discriminación histórica, laboral, etc. se encuentra en una situación de fuerte desventaja, de manera que, bajo condiciones de igualdad formal, compiten en inferioridad y encuentran dificultades mayores para acceder a los puestos y estatutos más relevantes o cotizados, puede estar justificado un trato legal que permita a los de ese grupo alcanzar esos objetivos con requisitos menores o condiciones menos gravosas que las que con carácter general rigen al efecto. Así, y por mencionar nada más que un posible supuesto, cabe que a los ciudadanos de esa raza en desventaja se les reserven cuotas en las universidades, de forma que puedan acceder a los estudios universitarios con una calificación menor de la que se les requeriría en otro caso. Quiere decirse que, en una escala curricular de cien puntos, un ciudadano del grupo beneficiado por esa reserva de cupo puede acceder, por ejemplo, con noventa puntos, mientras que se queda fuera uno de los otros que tiene noventa y un puntos y que habría entrado si la competencia hubiera sido bajo condiciones idénticas, sin dicha cuota.

Los debates sobre la razón de ser y la utilidad de las medidas de acción afirmativa son enconados en la doctrina internacional, y no los glosaré aquí en este momento. Unos afirman que ha de prevalecer el puro mérito y que dichas políticas son socialmente dañinas, porque con ellas se impide que, por seguir con el mismo ejemplo, se hagan médicos o ingenieros o abogados los más capaces y que mejor pueden rendir para el bien de la colectividad; o porque las acciones afirmativas, a la postre, acaban por suponer una etiqueta negativa y un nuevo prejuicio en contra de aquellos a los que se pretende impulsar. Los defensores aducen que se trata de una herramienta perfectamente válida para terminar con las desigualdades sociales y materiales entre esos grupos, pues nada más que con ese beneficio compensatorio se logrará que acabe habiendo un número parejo o proporcional de médicos, ingenieros, abogados, economistas, etc. de esas colectividades marginadas.

Subráyese que no se trata de remover las discriminaciones legales existentes y que impiden o dificultan que los de tal o cual grupo puedan llegar a determinadas profesiones en igualdad con los otros. Ese es un paso previo, anterior, y se fundamenta en la igualdad de trato legal, que es, en cierto sentido, lo contrario de la acción afirmativa. La acción afirmativa no elimina barreras legales, barreras que ya tienen que haber desaparecido antes, sino que instaura en la ley ciertos privilegios o tratos de favor que a unos benefician y que, correlativamente, pueden perjudicar a los otros. La acción afirmativa, repito, pone una excepción a la pauta de igualdad ante la ley, aunque con el fin de revertir una situación de discriminación que ya no es legal, sino social.

odo lo anterior es bien sabido y el punto que aquí me interesa tratar es el de cómo la acción afirmativa en favor de grupos discriminados se combina con las desigualdades económicas. Concretando mejor, la cuestión se puede enunciar así: si en una sociedad existen también fuertes desigualdades económicas y dichas desigualdades son transversales a los distintos grupos, ¿no cabe que la acción afirmativa acabe reforzando la desigualdad económica y favoreciendo a los más ricos de los grupos colectivamente más desfavorecidos?

Imaginemos un Estado en el que, a los efectos que para la acción afirmativa en cuestión importen, hay tres grandes grupos de ciudadanos, y llamemos a esos grupos A, B y C. De cada grupo forma parte un tercio de la población de ese Estado. Los del grupo C vienen padeciendo una secular discriminación y, en consecuencia, viven, de promedio o como pauta general, en situación social de inferioridad. Si vemos, por ejemplo, cuántos titulados superiores existen en ese Estado o cuántos profesionales con carrera universitaria, el resultado puede ser así: 50% pertenecen al grupo A, 45% son del grupo B y solo un 5% forman parte del grupo C. En ese contexto, parece que puede estar bien fundamentada alguna política acción afirmativa en pro de los de ese tercer grupo, con el objetivo final de que pasen del 5% a una proporción similar a la de los otros.

Ahora añadamos un dato más, que muy raramente se toma en cuenta en estos debates, la distribución de la riqueza entre esos grupos. En el escalón superior de riqueza y patrimonio hay un 5% de la población total de tal Estado. El Estado tiene diez millones de ciudadanos y, de ellos, quinientos mil se encuentran en ese peldaño superior de riqueza. De ese medio millón de los más ricos, doscientos cincuenta mil (50%) son del grupo A, doscientos mil (40%), del B y cincuenta mil (10%) del C.

Si aceptamos que las oportunidades vitales de cualesquiera ciudadanos dependen grandemente de su situación económica o la de su familia, es muy verosímil suponer que haya una correlación notable entre la situación social y la situación económica de dichos sujetos. En cualquier caso, en la realidad de cualquier país eso no es muy difícil de comprobar. Asumamos aquí que, en el Estado en cuestión, disponemos de los siguientes datos fiables: la inmensa mayoría de los titulados superiores de ese país, sean del grupo A, B o C (ya se han señalado antes los porcentajes de titulados superiores de cada grupo) pertenecen a ese 5% por ciento de los más ricos. Dicho de otra manera, tanto en A como en B y C hay pobres y ricos, aunque en proporción diversa. Pero siempre son los ricos los que alcanzan los puestos más cotizados. Suceda que, como el porcentaje de ricos de A es mucho mayor que el porcentaje de ricos de C, hay muchos más profesionales con carrera en A que en C.

¿Qué pasará si para el acceso a las universidades introducimos medidas de acción afirmativa a favor de los de C? Creo que es muy de temer que ocurran dos cosas:
a) Esas medidas beneficiarán principalmente a los ricos de C. Seguramente los de C que sean económicamente más débiles no estarán en situación de competir ni siquiera por los puestos reservados. No podrán competir en mínima igualdad con los potentados de A o B bajo la regla general, pero tampoco con los económicamente fuertes de C por los puestos de la cuota.
b) Tales medidas perjudicarán a los más pobres de A (o B). El aspirante más pobre de A tiene todas las de perder frente al aspirante más rico de C, a igual merecimiento objetivo. O sea, ese estudiante perteneciente a A ya estaba en clara desventaja frente a los pudientes de su grupo, pero no le bastará ganarlos a ellos. Ahora, además, se quedará sin su plaza universitaria frente a uno de C que compita con una nota inferior y que, con hartísima probabilidad, será más rico que él. O sea, el pobre de A deberá vencer a los más ricos de su propio grupo (A; y B) y nada más que se librará de perder ante el de C si ha ganado a aquellos más ricos de su grupo, A (y B).

Concretemos un poco más el supuesto con el que estamos trabajando. En ese Estado las plazas universitarias están muy cotizadas. Para tener mayores posibilidades de conseguir una, los estudiantes acuden a preparar el examen de ingreso o algo así como la selectividad a academias privadas. Las mejores de esas academias son las que tienen mayor tasa de éxito, pero son también las más costosas. Únicamente los que disfrutan de mejor economía pueden pagarlas, sean de A, B o C. La proporción de aprobados de los de cada grupo que frecuentan esas academias es la misma. Consecuentemente, están en inferioridad los que no tienen con qué pagar tales academias, los más pobres, sean del grupo que sean. Pero los de C que sí contraten tales academias gozan de una ventaja más: tienen su cuota reservada y o bien entran con el baremo general, o bien pueden acceder con el “descuento” resultante de la cuota.

Lo que he dicho en este ejemplo de aquellas academias podría valer para los colegios, si se trata de una nación en la que los colegios con resultados más altos son colegios de pago y hay una proporción entre precio y resultados educativos.
Hasta aquí el planteamiento del caso. Alguien podrá alegar que no hay en la realidad situaciones como la que he descrito. Creo que es más que evidente que sí existen. Hasta tal punto lo creo, que no me voy a parar en desarrollar esta afirmación. Lo que sí cabe es que no sea esa la estructura de base de todas las políticas de acción afirmativa. De modo que lo que a continuación sostendré valdrá únicamente para aquellos casos en los que las oportunidades sociales de los miembros de un grupo estén grandemente condicionadas por la situación económica de tales sujetos. Imaginemos una sociedad en la que el noventa y nueve por ciento de los tuertos no pueden comprarse una casa, aunque la ley se lo permita, pero en la que todos los tuertos con dinero sí pueden adquirir una sin problema. Aquel noventa y nueve por ciento no tiene posibilidad de comprar casas, ciertamente, pero no porque se trate de tuertos, sino porque se trata de pobres. Están exactamente igual que los no tuertos sin recursos económicos. Y los tuertos con posibles se hallan a la par que los otros ciudadanos con buena capacidad económica, en lo que a la posibilidad de adquirir casas se refiere.

Vamos al fin con la hipótesis que deseo presentar. Se puede resumir fácilmente así: la discriminación grave es la discriminación por motivos económicos y es la desigualdad económica la que, en un Estado social, hay que combatir con medidas legales que faciliten una plena igualdad de oportunidades, igualdad de oportunidades que ha de ser completamente ciega a toda diferencia por razones de adscripción grupal de los individuos.

Si eso es así, los tratos favorables o bien miran solamente la situación económica, o bien se combinan con atención a la situación económica. En caso contrario, revierten en acrecentamiento de la injusticia contra los más débiles en lo económico. Desarrollemos esto sucintamente y continuemos con el ejemplo de la educación.

La igualdad de oportunidades entre todos los niños y jóvenes se consigue haciendo que la calidad de la educación sea la misma para todos, de manera que todos los que puedan aprovecharla la aprovechen en la misma medida, que será la de su talento. Si, en una economía de mercado tenemos que hay colegios privados más caros o costosas academias preparatorias y que su éxito es mayor, se debe dar becas y ayudas para que ahí concurran los que no tienen con qué pagar. Y, mucho mejor todavía, el instrumento plenamente igualador en esto será una educación pública gratuita que compita en rendimiento y buena formación con esas instituciones privadas.

Admitamos, como segunda opción, que siguen los mejor situados accediendo a una formación más eficiente, que pagan. Puede, en principio, admitirse una política de cuotas en las universidades para los integrantes de aquel grupo C de antes. Pero con un matiz: las cuotas han de ser para los de C que no rebasen un determinado umbral económico. Y, aun así, restará un elemento de incongruencia, pues los de C que no superen ese umbral jugarán con ventaja ante los de A que tampoco lo superen. Tendremos, pues, que los más discriminados o doblemente discriminados serán los más pobres de A. Razón por la que retorno a la primera opción y sigo sosteniendo que la política social preferible y más justa no es, por lo general, la basada en acciones afirmativas como las mencionadas, sino la política social de igualdad de oportunidades que compense la desventaja económica de los individuos con menos recursos.


Porque, al fin y al cabo, ¿por qué tienen que pagar los pobres del grupo socialmente ventajoso por las culpas que individualmente no tienen? ¿Por qué un pobre más capaz, esforzado o talentoso ha de ceder el paso a un rico que lo sea menos,  pero que pertenezca a un grupo en el que muchos han sufrido discriminación, aunque él sea un privilegiado y nade en la abundancia?

viernes, 3 de julio de 2015

EN UNA DEMOCRACIA, NO EXISTE “EL DERECHO A NO SER OFENDIDO”

El viernes 3 de julio de 2003, Flemming Rose ha dado una conferencia en la fundación FAES que dirige la diputada del Partido Popular Cayetana Álvarez de Toledo. ( Más información aquí )

Flemming Rose es el editor del Jyllands-Posten, el periódico danés que publicó unas caricatura de Mahoma que fueron utilizadas por terroristas islámicos como justificación de varios atentados y causaron un fuerte debate internacional.

Flemming Rose ha escrito después el libro "La tiranía del silencio", publicado por el CATO INSTITUTE, un  think tank  norteamericano liberal / libertariano.

Reproduzco a continuación la sipnosis del libro que publica CATO INSTITUTE en su página web, aquí.

El humor es esencial para la libertad de expresión

Es una mañana de 2009, y estoy parado en la ducha en una habitación de hotel en Lyon. Se escuchan las gotas de lluvia caer sobre la ventana; al final de una calle estrecha, justo puedo ver uno de los dos ríos que fluyen a través de la ciudad.

 En una hora, me esperan en el municipio para participar en un conversatorio organizado por el periódico francés Libération acerca de los retos a la libertad de expresión en Europa. He estado haciendo mucho de esto durante los últimos años. Ayer, estuve en París. Antes de eso esta semana, estuve involucrado en un álgido intercambio en una conferencia en Berlín acerca de los musulmanes y el Islamismo en la prensa europea.

Conforme empecé a hablar, un miembro de la audiencia se paró, se acercó al panel, y en una voz temblorosa con furia demandó saber quién me había dado el derecho de hablarle a musulmanes como ella acerca de la democracia. Luego se volcó hacia los organizadores, y furiosamente preguntó que cómo podían ellos alguna vez considerar invitar a alguien como yo, y luego salió del cuarto.

Adonde quiera que voy, parece que provoco controversia. En las universidades estadounidenses, he sido recibido con carteles y estudiantes protestando en contra de mi presencia. Cuando estaba planificada una presentación mía en una universidad en Jerusalén, una manifestación clamaba por que se cancele mi presentación.

Cuando hablé acerca de la libertad de expresión en una conferencia de UNESCO en Doha en la primavera de 2009, la prensa local me denominó como el “Satán Danés”, las autoridades fueron inundadas de correos electrónicos furiosos y el Ministerio de Asuntos Internos estableció una línea de emergencia para recibir las quejas de ciudadanos que se oponían incluso a que se me permitiera ingresar al país.

En la primavera de 2006, fui invitado por la Unión de Oxford para participar en una discusión acerca de la libertad de expresión, la democracia, y el respeto por los sentimientos religiosos. Ese cuerpo está acostumbrado a la controversia. No obstante, mi visita se convirtió en lo que la prensa local dice que fue la mayor operación de seguridad que la ciudad había tenido desde que Michael Jackson la visitó en 2001.

Cuando fui invitado a un foro de la Asociación Mundial de Periódicos en Moscú hace algunos años, las autoridades rusas cortésmente aunque firmemente implicaron que a ellos les gustaría que no asistiera. No comprendí totalmente sus sutiles señales, entonces fui a Moscú sin estar consciente de esto. Desde ese entonces, no he logrado obtener una visa, aunque estoy casado con una rusa y viví en Moscú 12 años como corresponsal cuando estaba gobernada por el régimen soviético. Durante esa época, aunque claramente era anti-comunista y abiertamente socializaba con disidentes, las visas nunca fueron un problema.

Puedo continuar citando incidentes similares, pero, ¿cuál sería el propósito de eso? En esta mañana de otoño, la película parece estar más clara. Me he vuelto una figura que muchos aman odiar. Algunos quisieran verme muerto. Me he roto la cabeza tratando de entender por qué. No soy por naturaleza una persona provocativa. No busco los conflictos por su propia naturaleza, y no me agrada cuando la gente se ofende por las cosas que he dicho o hecho.

Sin embargo, he sido denominado por muchos como un agitador irresponsable que no le presta atención a las consecuencias de sus acciones.

¿Cómo sucedió eso? Para el mundo, soy conocido como el editor del periódico danés Jyllands-Posten. En septiembre de 2005, comisioné y publiqué una serie de caricaturas acerca del Islam, instigado por mi percepción de auto-censura en la prensa europea. Una de esas caricaturas, dibujada por el artista Kurt Westergaard, mostraba al profeta musulmán Mahoma con una bomba envuelta en su turbante. Entre las otras caricaturas que publicamos estaba otra que se burlaba del periódico e incluso de mi mismo por comisionar dichas caricaturas, pero fue la imagen de Westergaard la que cambiaría mi vida.

La Crisis de las Caricaturas, como se conoció a este incidente, escaló hasta convertirse en un alboroto internacional, conforme los musulmanes alrededor del mundo salieron a chorros en protestas. Las embajadas danesas fueron atacadas y más de 200 muertes fueron atribuidas a las protestas. Llegué a simbolizar uno de los asuntos característicos de nuestra era: la tensión entre el respeto por la diversidad cultural y la protección de las libertades democráticas. Mi libro es un intento de reconciliar ese simbolismo público con mi historia personal.

¿Cómo es que la publicación de unas pocas caricaturas provoca un alboroto tan extremo que, cinco años después, todavía estoy lidiando con esto? Como sucede con la mayoría de los eventos monumentales, parece que no hay una explicación sencilla. Algunos creen que mi periódico, Jyllands-Posten, es el principal responsable del alboroto, mientras que otros señalan a los imanes daneses que viajaron alrededor del Oriente Medio para instigar la opinión de los musulmanes.

Algunos creen que el Primer Ministro danés Anders Fogh Rasmussen es el villano principal porque no criticó las caricaturas y se negó a discutirlas con los embajadores de los países musulmanes. Incluso otros sienten que la Organización de la Conferencia Islámica jugó un papel decisivo orquestando un conflicto para promover la visión bien específica que sostiene ese cuerpo de los derechos humanos, que comprende un esfuerzo para criminalizar las críticas del Islam en virtud de la vaga etiqueta “Islamofobia”.

Muchos dicen que países como Egipto, Arabia Saudita y Paquistán se aprovecharon de las caricaturas para distraer la atención de sus problemas domésticos. Todavía otros ven el conflicto como parte de una lucha más amplia entre el Islam y Occidente, explotado por los musulmanes radicales para alentar a sus seguidores en el camino hacia una guerra santa. Finalmente, hay otros que culpan la no-creencia secular de la mayoría de los daneses por no lograr comprender las sensibilidades religiosas de los musulmanes.

Aún cuando las caricaturas fueron concebidas en un contexto danés y europeo, el debate es global. Concierne asuntos fundamentales para cualquier tipo de sociedad: la libertad de expresión y de religión, la tolerancia e intolerancia, la inmigración y la integración, el Islam y Europa, las mayorías y las minorías y la globalización, para nombrar tan solo unos cuantos temas.

¿Qué haces cuando de repente todo el mundo está encima tuyo? ¿Cuándo un malentendido conduce a otro? ¿Cuándo lo que has dicho y hecho tiene al mundo furioso e indignado? ¿Qué le dices a la gente que pregunta cómo puedes dormir en la noche cuando cientos de personas han muerto gracias a lo que tu has hecho?

¿Qué dices cuando eres acusado de ser racista o fascista, y de querer iniciar la próxima guerra mundial?

Durante los últimos cinco años, he gastado la mayor parte de mi energía tratando de abordar y comprender las críticas que se han dirigido a mi periódico y a mi persona. Físicamente y mentalmente, esta ha sido una aventura ardua: educativa, pero a veces abrumadora.

He conversado con personas de todo el espectro político, con amigos y enemigos, creyentes y no creyentes de todos los colores. Lo raro es que las líneas divisorias entre nosotros no coinciden con los tipos de categorías políticas, religiosas, culturales, o geográficas que uno podría esperar. No digo que la mayoría de los musulmanes han estado de mi lado, pero algunos han respaldado la publicación de las caricaturas, mientras que otros cristianos y ateos las han condenado firmemente. He reunido un archivo enorme de comentarios y análisis de alrededor del mundo acerca de la Crisis de las Caricaturas. Primero, quería documentar que yo tenía razón y que otros estaban equivocados. Pero a lo largo del camino, me di cuenta de que yo necesitaba mirar hacia adentro, para reflexionar acerca de mi propia historia y mi pasado. ¿Por qué era este debate tan importante para mi? ¿Por qué me fue posible casi desde el principio, y casi de manera instintiva, identificar el asunto medular?

¿Por qué el principio abstracto de la libertad de expresión resultaba más aparente para mi que para otras personas?

Es cierto que tengo opiniones firmes cuando se tratan ciertos asuntos. Pero no soy una persona que adopta una posición instantánea sobre casi cualquier cosa. Soy un escéptico por naturaleza. Reflexiono a profundidad y me pierdo en distintos niveles de significados y en los muchos lados de un asunto.

No veo esta característica como un defecto: esta es la condición del hombre moderno y de hecho es la fortaleza esencial de las democracias seculares, que están fundadas sobre la idea de que no hay un monopolio de la verdad.

La duda es el germen de la curiosidad y de los cuestionamientos críticos, y para poder dudar hay que tener una auto-estima sólida, un coraje que deja espacio al debate. Por supuesto, la duda de ninguna manera es siempre algo bueno. Cuestionar todo puedo conducir a un punto en el que ya parecen no existir verdades y todo parece ser igual de bueno o malo.

En un mundo de tal relatividad, no hay una diferencia fundamental entre un prisionero en un campo de concentración y el régimen que lo encarcela, entre el perpetrador y la víctima, o entre aquellos que los defienden y quienes suprimen su libertad.

Esa dimensión existencial de que la política viene primero se volvió evidente para mi cuando viajé a la Unión Soviética como estudiante en 1980. No tenía nociones previas ni firmes acerca del país; la política era algo secundario durante mi juventud. Lo que me interesaba más eran los retos más esotéricos de la filosofía, y estaba ansioso de aprender más acerca de la cultura rusa. Mucho tiempo pasó antes de que empecé a derivar conclusiones.

Conocí a mi esposa ese primer año en Moscú y luego pasé una década allí como un corresponsal basado en Moscú. A lo largo de los años, la gravedad de la vida gradualmente se volvió evidente para mi.

Creciendo en Dinamarca en los sesentas y setentas durante una época de rebeliones juveniles, yo estaba naturalmente empapado de la atmósfera de libertad y comunidad. En ese entonces me di cuenta de que la libertad no se puede dar por sentada. La gente pagaba un alto precio por expresar sus opiniones. Las palabras importaban mucho —involucraban consecuencias. La gente tenía tanto miedo que la censura oficial era casi una ocurrencia tardía. Allí reinaba una tiranía del silencio.

Todas las historias empiezan y terminan con individuos, sus opciones y sus decisiones. Cuando entrevisté al autor Salman Rushdie en 2009, él articuló el problema con el que yo había luchado durante la Crisis de las Caricaturas.

Se me hizo difícil aceptar el hecho de que otros estaban contando mi historia e interpretando mis motivos sin saber quién era yo, o al menos eso sentía yo.

Cuando hablamos, Rushdie observó que desde la niñez, utilizamos la narración de historias como una forma de definirnos y comprendernos. Es un fenómeno que se deriva de un instinto del lenguaje, que es universal e inherente en la naturaleza humana. Cualquier intento de restringir ese impulso no es solo censura o una violación política de la libertad de expresión; es un acto de violencia en contra de la naturaleza humana, un asalto existencial que convierte a las personas en algo que no son.

En la sociedad abierta, la historia progresa a través del intercambio de nuevas narrativas. Considere la esclavitud en EE.UU., el nacional-socialismo en Alemania y el comunismo en el bloque oriental de Europa, cada uno de ellos superado por cuestionamientos a la manera tradicional de contar la historia.

En las sociedades cerradas, la narrativa es dictada por el Estado y el individuo es reducido a un objeto silencioso y pasivo. Las voces disidentes son castigadas y censuradas.

En una democracia, nadie puede decir que tiene el derecho exclusivo a contar ciertas historias. Eso significa, para mi, que los musulmanes tienen el derecho a contar bromas e historias críticas de los judíos, mientras que los no creyentes pueden criticar al Islam de cualquier forma que deseen hacerlo. Los blancos se pueden reír de los negros, y los negros de los blancos.

Sostener que solo las minorías pueden contar chistes acerca de sí mismos, o criticar otras minorías, es tanto groseramente discriminatorio como tonto. Siguiendo este razonamiento, solo los Nazis podrían criticar a los Nazis, dado que en la Europa actual ellos son una minoría perseguida y marginalizada.

Hoy, una mayoría del mundo se opone a la circuncisión de las mujeres, a los matrimonios forzados y a los rituales de violencia en contra de las mujeres. ¿Deberíamos ser incapaces de criticar culturas que todavía se adhieren a esas prácticas porque son minorías?

Mis experiencias han confirmado mi creencia básica de que las personas tienen mucho más en común de lo que sea que las divide.

Según algunos de los multiculturalistas militantes de Europa, la respuesta es que si. Pero la gente en las democracias no debería ser obligada a vivir dentro de cámaras de eco dentro de las cuales los que piensan igual suelen únicamente reafirmar sus propias opiniones. Es vital traspasar fronteras entre grupos de la sociedad a través del diálogo, y es importante ser expuestos a las opiniones y creencias de otros. La gente que habla entre sí, intercambia opiniones, y cuenta historias distintas cambiarán mutuamente su forma de pensar.

Rushdie me contó que el conflicto sobre el derecho de contar determinada historia estuvo en el centro de su propia controversia sobre la libre expresión. Él dijo:

“La única respuesta que puedo dar desde mi lado de la mesa es que todas las personas tienen el derecho de contar su historia en la forma que deseen contarla. Esto tiene que ver con el tipo de sociedad que queremos. Si usted desea vivir en una sociedad abierta, resulta que la gente hablará acerca de las cosas de distintas maneras, y algunos de ellos ofenderán a otros y provocarán furia. La respuesta a esta cuestión es evidente: de acuerdo, no te gusta, pero hay muchas cosas que a mi tampoco me gustan. Ese es el precio de vivir en una sociedad abierta. Desde el momento que se empieza a hablar acerca de limitar y controlar ciertas expresiones, se entra a un mundo en el que la libertad ya no reina, y desde ese momento, estás solo discutiendo qué nivel de anti-libertad quieres aceptar. Ya has aceptado el principio de no ser libre”.

Las palabras de Rushdie llegaron en el momento oportuno para mi. Abrieron mis ojos y me ayudaron a definir mi propio proyecto.

Tenemos el derecho a contar cualquier historia que deseemos acerca de las caricaturas de Mahoma. Por lo tanto, el libro que he escrito no intenta cubrir cada aspecto de lo que sucedió. Estoy totalmente consciente de que otras versiones existen que no son menos ciertas que la mía; en algunos casos, incluso puede que sean más completas.

Simplemente estoy recontando los eventos como yo los experimenté y otras historias que considero relevantes para esa experiencia.

Mi misión personal es crear coherencia y significado de los eventos que han ocupado mucho espacio en mi propia vida y en las vidas de muchos otros desde septiembre de 2005.

Así que el libro también es acerca de mis propios valores, acerca de las cosas que son importantes para mi —los libros que he leído, los países que he visitado. El libro trata de posicionar la experiencia individual dentro de la perspectiva más amplia, de explorar la relación entre mi historia y la Crisis de las Caricaturas como una serie de eventos que se dieron alrededor del escenario global.

En el espacio entre la perspectiva más amplia y la pequeña se encuentra la respuesta a mi conflicto —la imagen que tengo de mi mismo como una persona a la que no le agradan los conflictos— en contra de la visión más amplia y global que me percibe como un agitador peligroso e irresponsable.

Así que considero las fuerzas históricas que han formado mis actitudes, la historia europea y sus grandes debates acerca de asuntos como la fe y la duda, el conocimiento y la ignorancia, que han formado la misma noción de tolerancia.

Mis experiencias han confirmado mi creencia básica de que la gente tiene mucho más en común de lo que se creería, sin importar lo que sea que los divide. Las diferencias aparentes de cultura, religión e historia son factores significativos, pero de ninguna manera son constantes; estos cambian, así sea lentamente.

Considere a países como España, Grecia, Portugal, Corea del Sur, Chile y Sudáfrica: hasta hace unas cuantas décadas, unos regímenes autoritarios y opresivos los gobernaban; ahora, estas son sociedades abiertas y constitucionales. Dichos ejemplos muestran que deberíamos ser renuentes a descartar cualquier cultura como inherentemente incompatible con la libertad y con la democracia.

La actual discusión acerca del Islam y los musulmanes me recuerda del debate acerca del comunismo y los rusos soviéticos durante la Guerra Fría. En ese entonces, muchas veces se decía que mientras que en Occidente enfatizábamos la libertad y los derechos del ciudadano, en Europa Oriental, más peso se le daba a los derechos sociales —el derecho a trabajar, a una vivienda y a salud y educación gratuitas.

La diferencia se presentaba como algo inherentemente cultural; de manera que una crítica del bloque soviético por violaciones de derechos civiles era una expresión del imperialismo occidental. Vi un sentimiento paralelo surgir frente a la Crisis de las Caricaturas: una voluntad a comprometer lo que nosotros en Occidente consideramos derechos fundamentales debido a unas supuestamente inextricables “diferencias culturales”.

Mi impresión era que mis amigos y conocidos en la Rusia Soviética querían ese tipo de libertad constitucional e igualdad implicadas en la noción de los derechos humanos universales. Pero muchos académicos en Occidente aceptaron la premisa de que los rusos eran fundamentalmente distintos a la gente en Occidente; por lo tanto, en cuanto a cómo ese gobierno trataba a su gente, el régimen soviético no podía ser juzgado según los estándares occidentales.

Esa noción explica por qué fueron totalmente incapaces de prever el colapso del régimen luego de una revuelta popular: para justificar su premisa dudosa, aquellos académicos se vieron obligados a marginalizar al movimiento soviético a favor de los derechos humanos y a otros grupos disidentes. Ellos decían que dichos grupos solo eran manipulados por Occidente como parte de una maniobra política a escala global.

Exactamente lo mismo se dice ahora acerca de los activistas de derechos humanos y críticos del Islam en el mundo musulmán. Es cierto que unas verdaderas incompatibilidades y disparidades de cultura entre el mundo musulmán y Europa se volvieron evidentes durante el conflicto.

La verdad, sin embargo, es que esto no se sabrá realmente mientras que a la población se le continúe prohibiendo hablar libremente y sin miedo a represalias. Existen fuerzas librepensadoras en el mundo musulmán, clamando por el libre ejercicio de la religión y por la libertad de expresión. Eso fue confirmado durante las rebeliones a lo largo del mundo árabe en 2011.

Mientras que la Crisis de las Caricaturas se desenvolvía, varios editores de periódicos y revistas fueron arrestados, y sus oficinas fueron cerradas porque habían publicado las caricaturas —porque, aunque las pudiesen haber considerado de mal gusto, creían que sus lectores debían tener la oportunidad de formarse sus propios criterios acerca de las ahora infames caricaturas.

Una de esas personas, Jihad Momani, el editor principal del semanario jordano Shihan, escribió lo siguiente en referencia un ataque terrorista en tres hoteles en Amman en noviembre de 2005: “Musulmanes del mundo, sean sensatos...¿Qué es más perjudicial para el Islam? Estas caricaturas, las imágenes de un secuestrador cortándole la garganta a su víctima en frente de una cámara, o un terrorista suicida reventándose así mismo en un matrimonio en Amman?”

Noto, también, que una considerable porción de la población iraní rechazó una interpretación musulmana de “derechos constitucionales” presentada ante las elecciones de 2009, y muchos iraníes en Occidente respaldaron activamente a Jyllands-Posten durante la Crisis de la Caricatura. Ellos sabían por experiencia lo que estaba en juego si la censura de la sátira religiosa y de la crítica era aceptada.

La Crisis de las Caricaturas provee una mirada hacia el tipo de mundo que nos espera en siglo 21. Fue una crisis acerca de cómo co-existir en un mundo en el que los viejos límites se han derrumbado. Hoy, las sociedades en todas partes se están volviendo más multiétnicas, multiculturales, y multi-religiosas. Y por primera vez en la historia, una mayoría de la población del mundo ahora habita áreas urbanas.

Cada vez más, vivimos junto a personas que son distintas a nosotros. El riesgo de ofender a alguien, de decir o hacer algo que excede los límites de alguien, cada vez está aumentando. Además, los avances en las tecnologías de comunicación han significado que eventos incluso en las regiones más remotas del mundo ya no son percibidos como algo distante. Toda noción de contexto desaparece. Todo lo que aparece en Internet aparece en todas partes. Para el humor y la sátira en particular, la pérdida de contexto abre la puerta a una serie de potenciales malos entendidos y fuentes de ofensas.

Así fue que en 2006 las autoridades iraníes exigieron una disculpa por un dibujo satírico del periódico alemán Der Tagesspiegel,que mostraba a los jugadores iraníes de fútbol con bombas amarradas y siendo observados por soldados alemanes. El texto que acompañaba la caricatura decía “Las fuerzas armadas alemanas definitivamente deberían ser desplegadas durante la Copa Mundial”.

La broma tenía como objetivo de la burla a los políticos alemanes que querían patrullar el torneo que se estaba dando en Alemania. Pero el liderazgo religioso de Irán vio las cosas de otra forma. Cócteles Molotov fueron lanzados a la embajada alemana en Teherán, mientras que el artista responsable por el trabajo fue obligado a esconderse debido a amenazas de muerte.

Otro periódico alemán una vez imprimió una caricatura burlándose de las partes privadas del heredero al trono japonés —algo impensable en Japón, donde la familia real es casi religiosamente venerada.

Los comediantes muchas veces están profundamente conscientes de la delgada línea entre la provocación peligrosa y la perjudicial. Durante un show de televisión en vivo en 2006, el comediante noruego Otto Jespersen prendió en fuego el Testamento Antiguo en el pueblo de Ålesund, una bastión importante de la religión cristiana. Después, cuando se le pidió que haga lo mismo con una copia del Corán, Jespersen no aceptó hacerlo, bromeando que preferiría vivir más allá de una semana.

Parecería que la cristiandad estaba siendo tratada de manera preferencial. ¿O era acaso el Islam? En cualquier caso, el primer ministro noruego guardó silencio frente a la quema pública del libro sagrado de la cristiandad —lo cual me parece bien, pero entonces, ¿por qué le pareció tan necesario condenar a un pequeño periódico noruego cuando este reprodujo las caricaturas de Mahoma?

Creo que se la respuesta a eso. Pero en septiembre de 2005 ciertamente no la conocía, y esta es una de las razones por las que Jyllands-Posten y yo decidimos llamar la atención al asunto de la auto-censura en el debate público acerca del Islam.

Si creemos en la igualdad, parece que hay dos respuestas disponibles a las amenazas en contra de la libertad de expresión. Una opción es, básicamente, “Si aceptas mis tabúes, yo aceptaré los tuyos”. Si un grupo quiere protección en contra del insulto, entonces todos los grupos deberían ser protegidos.

Si negar el Holocausto o los crímenes del comunismo está prohibido por ley, entonces publicar caricaturas mostrando al profeta musulmán también debería estar prohibido. Pero esa opción puede salirse de las manos: antes de que nos demos cuenta, difícilmente se podrá decir algo.

La segunda opción es decir que en una democracia, no hay “el derecho a no ser ofendido”. Como todos somos diferentes, el reto entonces es formular límites mínimos a la libertad de expresión que nos permitan co-existir en paz. Una sociedad que comprende muchas culturas diferentes debería tener más libertad de expresión que una que es significativamente más homogénea.

Esa premisa parece evidente para mi, aún así la convicción opuesta es ampliamente compartida, y ahí es donde la tiranía del silencio se encuentra. En estos momentos, la tendencia en Europa frente a la creciente diversidad es limitar la libertad de expresión, mientras que EE.UU. sostiene una larga tradición que se dirige en la dirección contraria.

Luego del colapso del Bloque Oriental del Europa, muchos países europeos han prohibido la negación del Holocausto, por ejemplo, y parece que EE.UU. estará cada vez más solo con su tradición de respetar una libertad de expresión casi absoluta respecto de esta cuestión.

Mi opinión personal es que los estadounidenses tienen la razón. La libertad y la tolerancia son, para mi, dos lados de la misma moneda, y ambas están bajo presión. Como señalé anteriormente, el mundo está atravesando un cambio rápido. Nunca ha sido más fácil ser ofendido, o incluso más popular: muchos han desarrollado sensibilidades tan exquisitas que se han vuelto excesivas.

Uno casi se siente tentado a pedirle a los Estados de Bienestar de Europa que gasten algo de dinero, no en la “capacitación de sensibilidad” —aprender qué es lo que no se debe decir— sino en capacitación para ser menos sensible: para aprender a tolerar. Es que si la libertad y la tolerancia han de tener una oportunidad de sobrevivir en el mundo nuevo, todos necesitamos desarrollar una piel más gruesa.

Algunos regímenes, incluyendo a Rusia, China, algunas ex repúblicas soviéticas y varios gobiernos musulmanes, claman en las Naciones Unidas y otros foros internacionales por leyes que prohíban el discurso ofensivo. De manera perversa, aunque tales leyes muchas veces son propuestas en nombre de las minorías, en la práctica, son utilizadas para silenciar a críticos y perseguir minorías.

Desafortunadamente, tales peticiones son escuchadas en la comunidad internacional. Sus proponentes están preparados para sacrificar la diversidad en la expresión en nombre de respetar la diversidad de cultura, una contradicción que ellos claramente no logran percibir.

Ellos sienten que lograrán más armonía social manteniendo un balance delicado entre la tolerancia y la libertad de expresión —como si las dos fuesen opuestos.

Pero la tolerancia y la libertad de expresión se fortalecen así mismas. La libertad de expresión tiene sentido únicamente en una sociedad que ejerce un alto grado de tolerancia con quienes no está de acuerdo. Históricamente, la tolerancia y la libertad de expresión se han necesitado mutuamente en lugar de estar en conflicto. En una democracia liberal, las dos deben estar estrechamente enlazadas.

Mi libro comprende nueve capítulos adicionales. Tres de ellos consisten en gran medida de entrevistas con individuos que de una u otra forma han estado cerca de la Crisis de las Caricaturas, y quienes explicaron algunos de sus aspectos más importantes. La primera persona entrevistada es una mujer española cuyo esposo fue asesinado en un ataque terrorista en Madrid en marzo de 2004, y quien después apareció en el juicio de los perpetradores con una camiseta de la caricatura de Kurt Westergaard de Mahoma con una bomba en su turbante.

Después, hablo con Westergaard acerca de su niñez, su pasado, y su trabajo, todo esto en el contexto de la historia de Dinamarca con la libertad de expresión y la censura. Incluyo una entrevista que realicé en un centro de detención al sur de Copenhague con Karim Sørensen,un joven tunecino que en febrero de 2008 fue detenido por la policía danesa bajo la sospecha de planificar el asesinato de Kurt Westergaard. Como musulmanes, Karim Sørensen y dos de sus asociados se sintieron ofendidos por la representación que había hecho Westergaard del Profeta.

Yo entrelazo mi propia versión de la Crisis de las Caricaturas y de los eventos antes y después de la publicación de las caricaturas en septiembre de 2005 con la historia de algunos límites que han sido impuestos sobre la libertad de expresión. Observo los esfuerzos realizados hoy para re-establecer los denominados códigos de violación: la legislación de blasfemia, las leyes en contra de la incitación al odio o a la discriminación o que criminalizan la negación o trivialización del genocidio o de determinados eventos históricos.

Considero mis encuentros con los disidentes rusos en la Unión Soviética. En mi opinión, la historia de la disidencia rusa es altamente relevante para la Crisis de las Caricaturas —aún cuando la Unión Soviética ya no existe, y la Guerra Fría se acabó hace mucho— porque siento que refleja el surgimiento de nuevas comunidades disidentes dentro del Islam. En el libro también están incluidas entrevistas que realicé a Ayaan Hirsi Ali en Nueva York, a Afshin Ellian en Leiden y a Maryam Namazie en Colonia y en Londres.

Lo que esos críticos dicen de ninguna manera es algo nuevo: de muchas maneras, no hay nada nuevo que agregar a la discusión acerca de la libertad y los derechos humanos. No obstante, sus historias son inmensamente importantes para Europa y para Occidente en general, mostrando que el deseo de libertad de ninguna manera es exclusivo a Occidente, y que los individuos en otras culturas se corren el enorme riesgo de defender los valores “occidentales” de la libertad y la tolerancia.

En el último capítulo del libro, examino la lucha global por los derechos humanos universales. Cuento la historia del herético Michael Servetus, quien fue quemado en la estaca en Génova en 1553, desatando el primer gran debate en Europa acerca de la cuestión de la tolerancia religiosa. Es un debate que yo pensé que se había ganado, luego del colapso del Muro de Berlín y del imperio comunista. No me percaté de que el llamado que hizo Ayatollah Khomeini a los musulmanes del mundo para que mataran a Salman Rushdie por algo que él escribió en una novela era otro punto de quiebre importante en la historia.

Hoy, parece evidente que el incidente de Rushdie fue la primera colisión en un conflicto global que parece que marcará las relaciones internacionales del siglo 21. En ninguna parte están la libertad y la tolerancia tan enraizadas como en Occidente. Eso pretendo demostrar en el último capítulo del libro con historias de Afganistán, Paquistán, Egipto, Rusia e India, en las que delineo cómo individuos y grupos de individuos sufren violaciones a su derecho de libertad de expresión y de pensamiento.

Gente con buenas intenciones en Occidente dicen que las democracias pueden y deberían sacrificar algo de libertad de expresión en nombre de la armonía social: esas historias puede que los conduzcan a repensar su postura. Las medidas probablemente diseñadas para proteger símbolos religiosos, doctrinas, y ritos para prevenir la discriminación pueden conducir a una persecución horrible del derecho a hablar libremente.

Esa es una de las principales razones por las que continúo defendiendo nuestro derecho de publicar las caricaturas de Mahoma. Si yo renuncio a ese derecho, también he aceptado indirectamente el derecho de los regímenes autoritarios y de los movimientos totalitarios de limitar la libertad de expresión en virtud del argumento de la violación de la religión y de los sentimientos religiosos.

Eso me parece inaceptable.